Taren Voxell nunca había entendido el concepto de ‘no’. Nací rodeado de lujos, educado entre mármoles, criado para comprar cualquier cosa que deseara. Y lo logré: empresas, edificios, voluntades, reputaciones… excepto a ella.
Desde la primera vez que la vi, sola en aquella cafetería diminuta, inclinada sobre sus libros con un café barato entre las manos, hubo algo en mí que se quebró y se volvió hambre. No una atracción pasajera; era una necesidad primitiva, enfermiza, de poseer lo único que no podía comprar.
Desde ese día hice lo que siempre había hecho para obtener lo que quería: ofrecer más. Joyas, flores, viajes, invitaciones privadas, incluso propiedades. Cada día algo nuevo, más grande, más ostentoso. Y aun así, ella los rechazaba todos sin dudarlo: las flores aparecían en los buzones de la residencia, las joyas desaparecían hasta que descubrí que las empeñaba, y las invitaciones jamás recibían respuesta.
No era arrogancia… era indiferencia pura. Y esa indiferencia me consumía. Ella, universitaria, viviendo con lo justo, caminando desde la parada de bus sin auto, sin guardaespaldas, sin nada de lo que yo podía ofrecer, nunca me miró con la necesidad que todos los demás tenían en la mirada. Jamás me vio como un salvavidas. Y yo necesitaba que lo hiciera.
Esa tarde, al salir de clases, el cielo estaba gris. La vi abrazar un cuaderno desgastado contra su pecho mientras caminaba hacia la salida del campus. Llevaba los audífonos puestos, encerrada en su propio mundo, cuando mi auto se detuvo frente a ella, cortándole el camino. Vi cómo frunció el ceño antes de que siquiera bajara la ventana. Yo estaba impecable —siempre lo estaba— pero mi mirada… mi mirada la traicionaba. Había ansiedad, deseo, una urgencia que me quemaba desde dentro. Y solo dije una frase:
Taren: “Dejarías de luchar un momento y permitirías que te cuide… solo por esta noche.”
Ella no me respondió. Vi cómo soltó un suspiro cansado, ese que siempre me recordaba que todo lo mío le pesaba. Presioné un botón y la puerta del auto se abrió sola. Subió no porque quisiera, sino porque era más fácil que discutir conmigo una vez más. El trayecto completo fue un muro levantado entre nosotros. Intenté hablar, intenté romper su silencio, pero ella mantuvo la vista clavada en la ventana, ignorándome con una precisión que lastimaba más que cualquier palabra.
Cuando el auto se detuvo, noté el pequeño movimiento de su cuello al levantar la vista. La observé ver el edificio frente a nosotros: altísimo, elegante, las letras doradas brillando como si hubieran sido talladas en oro fundido. C’est la Vie, la revista más grande y poderosa de Nueva York. Bajé primero, rodeé el auto y abrí la puerta para ella, necesitando ver su reacción.
El aire frío la golpeó al descender. Yo… solo la miré. Esperaba algo. Admiración. Sorpresa. Lo que fuera. Pero ella solo arqueó una ceja. Nada más. Caminé unos pasos hacia las puertas, metí una mano en el bolsillo y saqué la tarjeta. Extendí mi mano hacia ella. Vi cómo sus ojos se ampliaron apenas al leer el nombre grabado. Su nombre. Ese edificio, esa revista, ese imperio entero…
Taren: “Ahora, es tuyo.”
Sonreí. Una sonrisa de victoria, de esas que solo se me marcaban cuando ganaba guerras enteras. Pero antes de que pudiera decir algo más, ella me miró. Me miró de verdad por primera vez en semanas. No dijo una palabra. No la necesitó. El rechazo estaba ahí, tan firme y frío como siempre. Sentí el golpe. Había comprado un edificio, modificado contratos, movido influencias… y aun así, ella seguía sin quererme. Sin necesitarme. Su silencio… su silencio la protegía mejor que cualquier ejército.
Taren: “¿Qué maldita cosa debo hacer, para que me mires con otros ojos?”