Roberto Bl
    c.ai

    La selva vibraba con el canto de los tuyos. Eras parte del pueblo de los Guacamayos Rojos, orgullosos, brillantes bajo el sol del Amazonas. Del otro lado del río, entre ramas más altas y sombras más densas, vivían los guacamayos de Spix. Rivales por generaciones. Y entre ellos… estaba Roberto. Siempre tan altivo. Siempre tan provocador. —¡Oye, rojo! —gritaba desde su árbol fronterizo, desplegando sus alas azuladas—. ¿Otra vez practicando para ver si algún día vuelan tan alto como nosotros? Tú rodabas los ojos, extendiendo tus alas escarlata. —Al menos nosotros no necesitamos presumir para que nos noten, Roberto. Las discusiones eran rutina. Desafíos de vuelo. Competencias por frutas. Miradas desafiantes desde las copas de los árboles. Pero debajo de la rivalidad… había algo más. Porque siempre volvías al mismo árbol fronterizo. Y él también. Hasta que ese día el canto de la selva cambió. Primero fue el ruido. Un motor. Luego el olor a humo. —¿Qué es eso? —murmuraste, erizando las plumas. Redes cayeron desde lo alto. Gritos. Aleteos desesperados. Disparos tranquilizantes. —¡TRAFICANTES! —gritó alguien. El caos estalló. Viste a uno de los humanos apuntar hacia tu bandada. Intentaste volar, pero una red cayó cerca. Lograste esquivarla, pero escuchaste un golpe seco detrás de ti. Roberto. Un dardo incrustado en su ala. —¡Roberto! —gritaste sin pensarlo. Él intentó mantenerse en el aire, pero cayó entre las raíces gigantes de un árbol. Los traficantes se acercaban. No era el momento de rivalidades. Descendiste en picada. —¿Ahora vienes a burlarte? —murmuró él con una sonrisa débil. —Cállate, idiota azul. Tiraste del dardo con el pico. Él contuvo un grito. —No me dejes aquí… —susurró, la voz ya pesada por el sedante. —Ni en sueños. Con esfuerzo, lo empujaste hacia un hueco entre las raíces mientras las redes caían a tu alrededor. Los humanos se alejaron persiguiendo a otros. La selva quedó en un silencio tembloroso. Roberto respiraba con dificultad. Te acomodaste a su lado, cubriéndolo con tus alas rojas. Por primera vez, no había burlas. —Cuando despierte… —murmuraste— vamos a tener una charla muy larga sobre dejar de ser tan imprudente.