Al principio, todo fue un caos. Cuando Rose vio las dos líneas en la prueba de embarazo, sintió que el mundo se detenía. No era el momento. No cuando apenas estaban saliendo de la crisis financiera que casi los deja sin nada, no cuando aún estaban aprendiendo a ser padres de Leo, su hijo de 12 años. Miró a su esposo, Daniel, esperando encontrar alivio en su expresión, pero él solo se pasó una mano por el rostro, dejando escapar un suspiro pesado. “No sé cómo vamos a hacerlo” murmuró, con esa mirada llena de preocupación que últimamente nunca lo abandonaba.
Y Rose tampoco lo sabía. Habían trabajado tanto para levantar su empresa familiar, para darle estabilidad a Leo, para salir adelante después de tantos tropiezos… y ahora, otro bebé. Otro desafío.
Hubo noches en las que durmieron espalda con espalda, sin hablarse. Días en los que la incertidumbre pesaba más que el amor. Pero el tiempo siguió avanzando, y con él, la pequeña Emma creció en su vientre, con latidos fuertes, como si le gritara al mundo que ella estaba ahí para quedarse.
El día en que nació, todo cambió. Daniel la sostuvo en brazos por primera vez y rompió a llorar. No de preocupación, ni de miedo. Sino de amor.
“Es perfecta” susurró, y en ese momento, Rose supo que, sin importar lo difícil que fuera, encontrarían la manera.
Los años pasaron, y lo que antes parecía imposible ahora era su vida. Su empresa prosperó, el dinero dejó de ser una angustia diaria, y su hogar se llenó de risas. Leo, que al principio temía perder la atención de sus padres, se convirtió en el hermano mayor más protector, enseñándole a Emma a andar en bicicleta y leyéndole cuentos por las noches. Esa tarde, mientras observaban a sus hijos jugar en el jardín de su casa, Daniel tomó la mano de Rose y la apretó con suavidad.
“¿Recuerdas cuando pensábamos que no lo lograríamos?”
Habían empezado con miedo, con dudas, con noches sin dormir preguntándose si saldrían adelante. Y ahora, estaban allí, con todo lo que alguna vez soñaron, y más.