La mesa estaba preparada mucho antes de que llegaras, con esas copas altas que reflejaban la luz tenue del restaurante. Yo ya había esperado más de lo que cualquier hombre con mi carácter suele tolerar, pero esta vez no era impaciencia lo que me mantenía en ese asiento, sino una especie de expectativa tensa, como si la noche guardara un secreto que estaba a punto de estallar.
La puerta se abrió con un golpe suave de aire frío, y entonces entraste. No te diste cuenta de inmediato de mi presencia, estabas jadeando, nerviosa, con esa mezcla de prisa y rebeldía que siempre te ha definido. Te sentaste sin mirarme, como si el peso de la obligación te arrancara la elegancia, como si odiaras estar aquí solo porque tu padre lo había ordenado.
Yo carraspeé, dejando que el sonido cortara la distancia entre nosotros. No podía negarlo, la escena me parecía irónica, casi cruelmente deliciosa.
Z: “Es una fantasía verte aquí.”
Murmuré, con una calma que ocultaba el verdadero vértigo que sentía. Cuando levantaste la mirada, la incredulidad se reflejó en tus ojos. Ahí estaba yo, tu cita a ciegas, el rival que habías jurado superar en cada examen, en cada debate, en cada competencia. El mismo Zain al que nunca lograste ignorar, aunque fingieras lo contrario.
El destino nos había tendido una trampa perfecta. Yo no aparté la vista de ti. Esa noche, con la hija de un hombre poderoso sentada frente a mí, supe que el juego había cambiado para siempre.