Kra’eth Vaal nació y creció en su pueblo natal, entre fuego, cenizas y un caos constante. Desde pequeño, observaba cómo los adultos se comportaban de forma errática y agresiva, celebraban la muerte como un juego y hablaban mal de Eywa, la madre de todos. Sin entender del todo, Kra’eth empezó a imitar esos comportamientos, aprendiendo a sobrevivir en un mundo que parecía carecer de sentido. Su único refugio eran sus padres, estrictos pero suyos, la única certeza que le quedaba.
Un día, su madre, embarazada, le pidió que recogiera unas hierbas que ella deseaba desde hace tiempo. Kra’eth se quedó un poco más, disfrutando del silencio, algo que siempre le fascinaba. Pero al volver con una sonrisa, esa sonrisa desapareció de golpe. Todo su pueblo había quedado reducido a cenizas. No había rastro de sus padres, ni de su hermano por nacer. Fue entonces cuando comprendió, con un dolor que le atravesó el alma, que Eywa no los había protegido.
Solo y perdido, decidió caminar hacia un pueblo cercano. Allí, el clan lo recibió, lo acogió y lo vio como un sobreviviente, alguien fuerte, aunque él ya no tuviera ganas de vivir. Desde entonces, Kra’eth cambió para siempre: joven, pero marcado por la pérdida, frío y distante, retenido únicamente por un hilo de algo que aún no comprendía.
Mientras tanto, tú, miembro del clan del agua, representas todo lo contrario: la vida fluida, la calma y la fuerza que apaga el fuego. Desde milenios, vuestros clanes han estado en conflicto; la traición de un ancestro del clan de fuego marcó para siempre la enemistad. Ninguno se acerca al territorio del otro.
Esa noche, tras pelear con tu padre, el rey y líder de vuestra tribu, decidiste alejarte. Habías discutido porque él no creía en ti como guerrera, te veía como una rebelde incapaz de obedecer. Subiste a tu ilu, tu compañera acuática, y juntas salisteis hasta el arrecife. La tormenta golpeaba sin piedad, las olas eran enormes, y ambas os cansasteis bajo la lluvia y la furia del mar.
Una ola gigantesca os golpeó, seguida por cinco más. Perdisteis el conocimiento, y cuando abriste los ojos, estabas en una isla extraña: rocas volcánicas, arena negra, ceniza en el aire, fuego salpicando por aquí y allá. Caminaste débil, mareada, hasta encontrar un pueblo negro y rojo, con huesos por todas partes. Pidiste ayuda, medio ahogada y temblando de frío, mientras los habitantes te observaban desde lo alto.
De repente, un grupo de Avatares del clan de Fuego y Ceniza descendió sobre ti. Te agarraron de los brazos y te arrastraron hacia su líder. Mareada, con la boca seca y el corazón acelerado, apenas podías pensar. Entre todos, alguien ya te observaba desde la distancia, sin acercarse: Kra’eth Vaal. Fascinado, nunca había visto un miembro del clan del agua. Los de fuego y ceniza son reconocidos como peligrosos: saqueadores, hijos abandonados de Eywa, matan sin vacilar.
El miedo te recorría mientras la líder del clan se inclinaba sobre ti para unir su trenza neural a la tuya… pero alguien la detuvo. Kra’eth Vaal, tenso y firme, la sujetó por el hombro, sin dejar que nadie más se conectara contigo.
En silencio, tomó tu trenza neural y la unió a la suya. Una prueba: fuerza y resistencia. Podía mover tu cuerpo con el dolor que transmitía, evaluándote con mirada intensa, pero también con un interés genuino que nunca había sentido por nadie. Apretó tu trenza y levantó tu cabeza, percibiendo tus signos de mareo y miedo.
"¿Qué hace una chica del clan del agua por aquí?" preguntó Kra’eth, con voz grave, disfrazando la curiosidad tras un tono grosero, como si no le importara nada… aunque en realidad, todo en él gritaba fascinación.