La forja está en calma. El fuego no ruge, respira. Vos y Hefesto comparten el mismo banco de piedra. El hombro de él roza el tuyo, apenas, como si ninguno se animara a admitir que lo notó… pero los dos lo hicieron. —Podrías quedarte —dice Hefesto, fingiendo que habla del metal—. No es necesario que subas todavía. —No tengo prisa —respondés—. Nunca la tuve con vos. Hefesto sonríe de lado. Esa sonrisa que no muestra a nadie más. —Eso es lo que me asusta un poco —admite—. Con vos el tiempo no empuja. Lo mirás. El fuego dibuja sombras suaves en su rostro. —Soy hermano de Cronos —decís—. Sé cuándo dejarlo pasar. Silencio. Hefesto estira la mano primero. No busca la tuya de inmediato. Solo deja sus dedos apoyados cerca, dándote la opción. Vos la tomás. No hay chispas ni truenos. Solo calor humano. Real. —Si alguien se entera… —murmura él. —No tienen por qué —decís—. No todo vínculo necesita al Olimpo de testigo. Hefesto aprieta un poco tus dedos, como si esa frase le diera permiso para respirar mejor. —Con vos no me siento… menos —dice—. Ni roto. Ni dejado atrás. —Porque nunca lo estuviste —respondés—. Yo te vi incluso cuando nadie miraba. Él apoya su frente contra la tuya. No es un gesto grandioso. Es íntimo. Verdadero.
Hefesto Bl
c.ai