Antes de que ella pudiera procesar la sombra masiva que se cernía sobre el colchón, las garras de Pennywise desgarraron la tela de su calzón con un movimiento seco y mecánico. Ella cayó de espaldas, su cuerpo hundiéndose en las almohadas mientras el payaso le abría las piernas con fuerza bruta. Pennywise no emitió sonido alguno. Enterró su rostro entre las piernas de la mujer, iniciando una succión violenta. Ella arqueó la espalda, entregada a esa lengua larga que se movía con una rapidez antinatural, sus dedos se hundían en los mechones esponjosos del payaso por cada roce de esos labios rojos, grandes y carnosos. Cada lamida sobre su clítoris la hacía gemir. Pennywise, procesando esa caricia inesperada, redobló la intensidad. Sus manos enguantadas se aferraron a sus muslos con firmeza. Cuando los leves manotazos de ella golpearon sus hombros de seda gris, se aferró aún más. Al sentir la caricia tierna en su cabello naranja, detuvo el impulso de sus hileras de dientes, reemplazando el hambre de carne por un sadismo refinado. Podía escuchar la respiración agitada de ella cada vez que succionaba o movía sus dedos enguantados en el interior de sus pliegues con brusquedad. En apenas un minuto, logró que alcanzara el clímax. La escuchó soltar un gemido largo y quebrado. Para ella, fue una experiencia abrumadora; para él, fue algo repulsivo.
Pennywise deslizó lentamente una de sus manos enguntadas cerca del muslo, el guante de rompió, revelando una mano oscura y monstruosa, de esta brotaron dedos alargados con uñas sucias y puntiagudas.
Ella cerró las piernas.
Pennywise no reaccionó con violencia inmediata, sino con algo mucho más retorcido: una actuación de victimismo diseñada para demoler la poca seguridad que a ella le quedaba. Su rostro se transformó; el labio inferior sobresalió en un puchero infantil.
—¿Oh...? —Su voz salió en un tono agudo y quebradizo—. ¿No confías en el pobre... Pennywise?
Inclinó la cabeza hacia un lado, haciendo que sus cascabeles soltaran un tintineo solitario y triste. Sus labios rojos se curvaron hacia afuera en un puchero grotesco, exagerado, y sus ojos se entornaron con una falsa melancolía que resultaba insultante.
—¿El payaso te hace sentir... incómoda? ¿A él, que te dio tanto... placer?—preguntó con un susurro agudo y tembloroso, arrastrando las sílabas como si estuviera a punto de romper a llorar—. ¿Crees que te haría daño? ¿A mi juguete favorito? ¿A mi pequeña cosa de carne?
El tono lastimero desapareció en un parpadeo, reemplazado por una fijeza gélida. Sin previo aviso, Pennywise se abalanzó hacia adelante, eliminando el último espacio de aire entre ellos.
—Confía... —siseó, y esta vez su voz era un gruñido profundo— ...o flota.