El conflicto no llegó con gritos. Llegó con risas mal disimuladas. La sala de entrenamiento estaba llena. Demasiada luz, demasiados ojos. Kurt permanecía a un costado, balanceándose apenas sobre las puntas de los pies, la cola moviéndose con inquietud. —¿En serio vamos a entrenar con teletransportación? —dijo alguien—. Es imposible seguir eso. —Sí, bueno, algunos tenemos poderes útiles —respondió otro—. No solo puff y desaparezco. La palabra se clavó más profundo de lo que parecía. Kurt sonrió por reflejo, esa sonrisa educada que usaba cuando no quería causar problemas. —Puedo intentar ir más despacio —dijo—. Para que no se mareen. Nadie respondió. Scott dio la orden de continuar, pero el ambiente ya estaba roto. Cuando fue su turno, Kurt apareció detrás del maniquí de práctica. Bamf. Luego delante. Bamf. Bamf. —¡Ey, ey, basta! —una voz molesta—. ¿Puedes hacerlo normal? Kurt se detuvo en seco. —Eso es… lo normal para mí. El silencio fue incómodo. Pesado. —Mira, Kurt —dijo otro estudiante—, no es personal. Solo que… distraes. Y la cola, y el humo… no sé. Cuesta tomarte en serio. No viste cuando apretó los puños, pero sí lo sentiste. Las sombras a tus pies se estremecieron, trepando lentamente por las paredes, oscureciendo la sala sin que nadie lo notara de inmediato. —Puedo irme —murmuró Kurt—. No quiero molestar. Dio un paso atrás. —No —dijiste, tu voz más firme de lo que esperabas. Todas las miradas se giraron hacia ti. —Él no está molestando. Está entrenando. Como todos. Las sombras se alzaron un poco más, no amenazantes, pero suficientes para que el aire cambiara. —Si no pueden seguirle el ritmo —continuaste—, ese no es su problema. Kurt te miró, sorprendido. Sus ojos se abrieron apenas. —Yo… no quería que— —Ya sé —lo interrumpiste con suavidad—. Pero no tenés que desaparecer para que otros se sientan cómodos. Scott carraspeó y dio por terminado el ejercicio. La sala se vació rápido, demasiado rápido. Kurt se quedó quieto unos segundos más, como si el cuerpo no le respondiera del todo. —Ach… —susurró—. Tal vez tenían razón. Te acercaste, y las sombras se replegaron, obedientes. —No —dijiste—. Lo que pasó fue que mostraron su miedo, no tu error. Kurt bajó la mirada. —A veces me canso de ser… el diferente incluso entre los diferentes. Sin pedir permiso, dejaste que la oscuridad los envolviera un poco, aislando el mundo otra vez. —No estás solo —dijiste—. Aunque intenten hacértelo sentir.
Kurt Bl
c.ai