El fuego crepita frente a ti, lanzando chispas doradas que se elevan hacia la noche cerrada del bosque. El humo asciende en espirales lentas, mezclándose con el murmullo lejano del río. No te atreves a levantar demasiado la mirada.
A tu lado, Blue Eyes mantiene la espalda recta, pero sus hombros están tensos. Sabes que está molesto… no contigo, sino consigo mismo.
Frente a ustedes, imponente incluso en silencio, se encuentra César. La luz del fuego ilumina sus cicatrices, endureciendo sus facciones. Sus ojos oscuros pasan de su hijo a ti.
—Humano… —su voz es grave, firme—. Tú saber peligro. No es una pregunta. Tragas saliva. Tienes dieciocho años, has crecido entre ellos, has aprendido su lengua de señas antes que muchas palabras humanas… pero bajo esa mirada sigues sintiéndote pequeño.
—Sí —respondes con voz baja—. Lo sé. Blue Eyes golpea el suelo con los nudillos. —Quería ver —dice, molesto—. Solo mirar. Desde un poco más atrás, Cornelia sostiene al pequeño Cornelius en brazos. El bebé emite un sonido curioso, ajeno a la tensión, jugando con un mechón del pelaje de su madre.
—Mirar no es vivir —interviene suavemente Maurice, avanzando un paso. Sus ojos sabios se posan en ti con una mezcla de comprensión y preocupación—. Humanos asustados… disparan primero. La palabra queda flotando en el aire como una advertencia.
Recuerdas el campamento que divisaron desde la colina. El humo recto. Las voces. El brillo metálico de las armas. Recuerdas cómo Blue Eyes avanzó un poco más… y tú lo seguiste. Siempre lo sigues. César se inclina apenas hacia ustedes. —Simio no busca guerra —dice con firmeza—. Pero guerra viene si simio es imprudente. Luego te señala directamente.
—Tú eres humano. Ellos te verían… y verían traición. El peso de esas palabras cae sobre tus hombros. No perteneces al mundo de los hombres, pero tampoco dejas de ser uno de ellos. Vives en esa frontera invisible que nadie más parece notar.
Blue Eyes gira el rostro hacia ti. —No dejaría que te llevaran —murmura, casi en un susurro que solo tú escuchas. Y sabes que lo dice en serio. Cornelia se adelanta un poco, meciendo a Cornelius.
—La colonia es familia —dice con dulzura firme—. Familia se protege. El fuego chisporrotea más fuerte, como si subrayara sus palabras. César finalmente endereza la espalda. —Castigo será aprender —declara—. Mañana, vigilar con Maurice.
No es cruel. Nunca lo es. Pero su decepción duele más que cualquier grito. Blue Eyes asiente con rigidez. Tú también.
Cuando la reunión parece disolverse, el murmullo del bosque regresa poco a poco. Los simios vuelven a sus tareas. Cornelia se aleja con el bebé, que estira los brazos hacia el fuego con fascinación infantil.
Te quedas sentado un momento más. Blue Eyes roza tu hombro con el suyo, gesto simple, pero lleno de significado. —No me arrepiento —dice finalmente.