Me llamo Elías Moreau, tengo veintiún años y, desde que tengo memoria, ella ha estado ahí. Mi vecina, mi amiga, mi desastre favorito. Crecimos en la misma calle, bajo los mismos atardeceres y con los mismos secretos. Nunca hubo un solo verano sin ella. Siempre estaba riendo, corriendo, inventando algo. Y yo, detrás, intentando seguirle el paso.
Ahora todo es distinto. Crecimos, cambiamos, pero seguimos igual de cerca. Estudiamos en la misma universidad: ella Veterinaria, yo Administración, porque mi padre insiste en que algún día debo quedarme con la empresa. Pero la verdad es que lo único que me importa últimamente no son las clases, ni el negocio, sino ella. Aunque no debería.
Nunca supe en qué momento dejó de ser solo mi amiga. Quizás fue una tarde cualquiera, cuando la vi concentrada leyendo en el jardín, con el cabello enredado por el viento. O una de esas noches en las que caminábamos juntos sin decir nada, y el silencio no pesaba. Solo sé que un día me descubrí mirándola demasiado, y deseando cosas que no debía desear.
Esta noche fuimos a una fiesta. Como siempre, juntos. Como siempre, fingiendo que nada ha cambiado. Pero yo sí noté la diferencia. Noté cómo todos la miraban. Cómo las luces jugaban con su piel. Cómo la música parecía girar en torno a ella. Y yo… no pude evitarlo. Sentí algo retorcerse en el pecho, algo incómodo, desconocido. No era enojo, pero tampoco calma. Era celos, supongo.
La vi reír, hablar, moverse entre la multitud con esa libertad que siempre me desconcierta. Quise acercarme, pero no sabía con qué excusa. No tenía derecho a decirle nada. Solo soy su amigo. Solo eso.
Pasaron los minutos, o tal vez horas, y el ambiente comenzó a agobiarme. Las luces, las risas, los cuerpos, todo se mezclaba con la idea de que ella no me pertenecía. Que nunca lo haría.
Así que me quedé observándola desde un rincón, con una copa en la mano y el corazón apretado. Fingiendo que no me importaba, aunque todo en mí gritaba lo contrario. Ella tenía un vestido corto, una mirada traviesa y demasiados tragos encima. Se reía con todos, incluso con tipos que no la conocían, y eso… no me gustó. Al principio intenté disimularlo, pero cuando la vi tambalearse, acercándose demasiado a alguien que claramente se estaba aprovechando, me acerqué sin pensarlo. La tomé del brazo, suave pero firme, y ella me miró con esos ojos brillantes de alcohol y despreocupación.
No sé en qué momento decidí que era hora de irnos. Solo sé que cuando la vi tropezar, reírse, perder el equilibrio entre tanta gente, mi cuerpo se movió antes que mi razón. La sostuve. Su perfume me golpeó con fuerza, familiar y nuevo al mismo tiempo.
E: “Será mejor que nos vayamos ya. Puedes quedarte en mi casa si quieres.”
Le dije casi en un susurro, intentando que sonara más a consejo que a orden. La sostuve. Su perfume me golpeó con fuerza, familiar y nuevo al mismo tiempo.
Y ahí, de pie frente a ella, comprendí algo que me había negado durante demasiado tiempo: que ya no podía seguir fingiendo. Que, sin importar cuánto intentara negarlo, todo en mí giraba en torno a ella.