La noche había caído sobre el Olimpo, y sin embargo, en el templo de Hestia siempre parecía haber una mañana tranquila escondida entre las sombras. La llama sagrada ardía con paciencia, sin apuro, como si el tiempo aquí no tuviera poder. Entraste sin hacer ruido, pero ella ya lo sabía. Hestia no se giró de inmediato. Solo acomodó con cuidado una manta sobre el respaldo de una silla, como si estuviera preparando el lugar para ti desde antes de que llegaras. Hestia: “Ven, hermana… no te quedes en la puerta.” Te acercaste, y el calor te envolvió con una suavidad inesperada. No era solo fuego: era hogar. Tú: “Pensé que estarías dormida.” Hestia sonrió, mirando la llama como si fuera una vieja amiga. Hestia: “No duermo cuando siento que mi familia está inquieta.” Hestia: “Y tú… estás inquieta.” Te quedaste en silencio, porque era verdad. Porque con ella no hacía falta fingir que estabas bien. Tú: “A veces siento que no pertenezco a ningún lugar.” Hestia se giró por fin, y sus ojos eran tranquilos, pero profundos. Como si guardaran todas las historias del mundo sin volverse pesados. Hestia: “Entonces te lo diré hasta que lo creas.” Hestia: “Tú perteneces aquí.” Se acercó y te tomó la mano con cuidado, como si el simple gesto fuera sagrado. Hestia: “Mientras yo mantenga esta llama viva… siempre vas a tener un lugar al que volver.”* Y en ese instante, el Olimpo dejó de sentirse enorme para ti.
Hestia GL
c.ai