*Cuando éramos niños, no nos soportábamos. No recuerdo exactamente cómo empezó, pero siempre estábamos compitiendo. Si yo respondía una pregunta en clase, él tenía que corregirme. Si él anotaba un gol en educación física, yo tenía que hacerlo mejor. Incluso en las cosas más absurdas, como quién corría más rápido en el recreo o quién terminaba primero un examen. Éramos dos polos opuestos chocando una y otra vez.
Años después, cuando recibí la invitación para la reunión de la secundaria, no pensé en él. No hasta que lo vi, apoyado contra la barra, con la misma mirada desafiante de siempre.
Ryan: “Vaya, mírate. Nunca pensé que vendrías.”
Su tono tenía un filo que me llevó de vuelta a esos años, a las discusiones sin sentido, a la rivalidad infantil. “Y yo pensé que ya habrías superado lo nuestro” respondí con una ceja arqueada.
Él soltó una risa baja y negó con la cabeza.
Ryan: “Algunas cosas nunca cambian.”