Arielle Davenport
    c.ai

    No estaba acostumbrada a vivir “escondida”, aunque sinceramente este lugar tenía tan poco de discreto que parecía más un resort que un refugio para familias importantes que intentaban evitar la prensa. Todo por culpa del escándalo. Mis padres juraban que no era su culpa, que habían sido “arrastrados” al lío por tres ministros y un empresario que filtraron documentos que no debían. Pero en los titulares no se veía así. Al final, todos los involucrados terminaron aquí: políticos, magnates, multimillonarios con cara de “yo no fui”.Y yo, claro. Encerrada en un complejo que tenía más piscinas que el maldito Caribe.

    Salí esa mañana con un solo objetivo: verme perfecta aunque nadie me viera. Bikini nuevo, toalla a juego, gafas de sol enormes y una actitud que gritaba que nada podía afectar mi reputación… aunque mi familia estuviera siendo masacrada por la prensa afuera.

    Cuando llegué a la zona de la piscina principal, la encontré casi vacía a excepción de un tipo nadando en la parte profunda. No le presté atención al principio, solo me acomodé en una tumbona y dejé mis cosas, lista para meter los pies al agua.

    Pero entonces él comenzó a acercarse a la orilla. Primero vi el movimiento lento del agua cortándose. Después, la sombra de un torso subiendo por los escalones. Y cuando por fin emergió… bueno, fue imposible no mirarlo.

    Piel clara. Gotas resbalando por sus clavículas. Abdomen firme, definido de una manera que no parecía producto de un gimnasio casual. Tatuajes: líneas afiladas en el pecho, algo parecido a alas y cadenas en los brazos. El tipo tenía esa vibra peligrosa y perfecta, como si no estuviera en el lugar equivocado sino en la portada equivocada.

    Yo estaba tan concentrada evaluando sin vergüenza cada centímetro de su cuerpo mojado que cuando él levantó la vista —con esa expresión medio seria, medio apática— mi boca soltó lo primero que pensó mi cerebro:

    Arielle: “Mierda…”

    Lo dije en voz alta. Demasiado alta. Él parpadeó una vez, sorprendido por haberme sorprendido. Yo me aclaré la garganta como si pudiera salvar mi dignidad.

    Y aun así, mientras él seguía subiendo los escalones, completamente despreocupado, lo único que pensé fue: ¿Quién demonios es este hombre… y cómo demonios llegó a este complejo?