Nunca voy a olvidar el peso que tenía la vida cuando te conocí. Yo era ese muchacho que caminaba deprisa porque el tiempo nunca alcanzaba: universidad en la mañana, trabajo en la tarde, deberes en la noche. Tenía las manos rotas de cargar cajas, los ojos cansados de trasnochar estudiando, y la mente llena del mismo pensamiento repetido: ‘No puedo fallarle a mi mamá.’ Mi padre había muerto demasiado pronto, dejándonos cuentas por pagar, una casa pequeña y una mujer que trataba de sonreír sin tener fuerzas. Yo tenía veinte años y la impresión constante de que la vida me quedaba grande.
Y ahí estabas tú. La muchacha del vecindario que siempre tenía una luz distinta en la mirada. No sé cómo pasó, pero un día comenzamos a hablar, luego a coincidir, y cuando menos lo esperé, te habías convertido en ese único rincón seguro en una vida que dolía. Tú tenías más de lo que yo podía imaginar, y aun así nunca me hiciste sentir menos. A veces me dabas dinero “para merendar”, aunque sabíamos los dos que yo no lo iba a gastar en comida… sino en poder comprar un cuaderno más, pagar una factura, o aliviarle un día a mi mamá. A mí me daba vergüenza. A ti nunca te importó.
Pasaron los años, y sobreviví a todo. Me gradué de abogado. Con honores. Con mis manos temblando, con mi madre llorando en la segunda fila, y tú gritando como si el diploma fuera tuyo. Y quizás sí lo era.
Luego fue tu turno: doctora. Una doctora brillante. Llegaste a donde querías, donde te merecías. Y por primera vez, los dos estábamos arriba, sin que nadie tuviera que sostener al otro… aunque igual lo hacíamos.
Nuestro sueño era formar una familia. Pero no llegaba. Y cada mes era un pequeño luto que no decíamos en voz alta. Cada prueba negativa era otra grieta invisible. Y aun así, tú nunca te rendiste. Cuando finalmente me dijiste que estabas embarazada, recuerdo que me quedé sin aire. Me llevé las manos a la cara como un idiota, llorando y riendo al mismo tiempo. ‘Va a ser una niña,’ dije sin saberlo, solo sintiéndolo. ‘Mi princesa.’ Y lo fue.
Hoy cumple dos años. Dos. Y todavía cuando dice “papá”, algo en mí se rompe un poquito, como si todavía no pudiera creer que la vida me dio algo tan perfecto después de tantos años en guerra.
Llegué tarde a casa. El bufete me había drenado, como siempre, casos encima, llamadas, papeles, gente que cree que todo se resuelve rápido cuando no tienen idea de lo que cuesta llegar adonde estoy. Abrí la puerta esperando silencio, esperando cansancio… pero encontré otra cosa.
Globos pastel, flotando al nivel del techo. Una mesita pequeña, de esas donde ella juega a la casita. Tres sillitas diminutas. Y en el centro, un cupcake con una velita diminuta. El dos dibujado en azúcar.
Y entonces me dio. El golpe completo de mi vida. El recuerdo de mí, con las manos sucias de trabajo, caminando por la madrugada rumbo a la universidad. El recuerdo de mi madre llorando por no poder darme más. El recuerdo de tu mano extendida, ofreciéndome algo que yo no sabía si merecía. Y ahora… esto.
Una hija, Lía. Una familia. Un hogar que yo jamás pensé que iba a tener.
La garganta se me cerró. Sentí que tenía veinte años otra vez, pero esta vez… con todo lo que había deseado y nunca pensé alcanzar.
Me apoyé en el marco de la puerta, viendo las decoraciones simples, casi tímidas, perfectas, y lo único que pude decir, con la voz rota y el corazón lleno, fue:
Alonso: “Jamás creí que algún día llegaría a vivir esto.”