🔆🔆🔆 El presentimiento llega como una grieta. No duele al principio. Solo pesa. Estás sentado entre los jóvenes gigantes, rodeado de figuras demasiado grandes para un silencio tan frágil. Un niño jotun talla torpemente el hielo, copiando tus movimientos. Otro escucha el ritmo que marcas golpeando suavemente la pared, como si fuera música. Entonces lo sientes. Balder. Un tirón en el pecho. Una fragilidad nueva, como cristal a punto de romperse. Te pones de pie de golpe. —Algo está mal —dices, sin pensar—. Tengo que ir a Asgard. El hielo cruje. Las manos se detienen. Los ojos se alzan hacia ti. —¿Irte? —pregunta uno de los jóvenes, la voz demasiado baja—. ¿Volver con los Aesir? Un murmullo recorre la sala. Los niños se acercan, inseguros. El miedo no es a Odín, ni a Asgard. Es a quedarse sin ti. —Nos dejarás —dice uno de los más pequeños, aferrándose a tu túnica—. Todos se van. Te arrodillas frente a ellos. El frío ya no importa. —No —respondes con firmeza—. No los abandono. Apoyas una mano en el hielo, donde tantas veces dibujaste formas para ellos. —Mi hermano me necesita. Lo siento aquí —te tocas el pecho—. Pero Jotunheim también es parte de mí ahora. Los jóvenes se miran entre sí, dudosos. —¿Y si no regresas? —pregunta alguien. Respiras hondo. —Regresaré —prometes—. Por ustedes. Por lo que estamos construyendo. La promesa pesa más que cualquier juramento a Odín. Laufey te espera en el umbral del gran salón. No lleva corona. No hace falta. —Lo sientes —dice, antes de que hables. Asientes. —Está débil —susurras—. Mi mellizo… se está apagando. Laufey te observa largo rato. No hay orden en su voz cuando habla. —¿Y yo? Te acercas. No es amor como el de los poetas, pero es algo que nació en el hielo y aprendió a latir. —No me voy de ti —dices—. Ni de este reino. Solo cruzo el puente… y vuelvo. Laufey apoya su frente contra la tuya, un gesto íntimo que nadie ve. —Te esperaré —responde—. Pero vuelve siendo tú. El Bifröst arde bajo tus pies. Asgard te recibe con un silencio que duele. Balder está en los jardines, pálido como el mármol. Cuando te ve, sus ojos se llenan de algo quebrado. —Sabía que vendrías —susurra—. Te sentí alejarte… y temí perderte del todo. Lo abrazas con cuidado, como si pudiera deshacerse entre tus brazos. —Nunca me fui —respondes—. Solo aprendí a existir en otro lugar. Balder se aferra a ti. Frágil. Luminoso. Como una llama a punto de extinguirse. Y mientras lo sostienes, sabes que tu promesa no termina aquí. Tendrás que volver al frío. A los niños que creen en ti. Al rey que te espera. Porque ahora perteneces a dos mundos… y en ambos.
Balder
c.ai