Nunca te llevaste bien con Celeste Aranda. La conocías desde la universidad. Siempre fue de esas chicas que caminaban como si la calle fuera pasarela, con una sonrisa afilada y palabras suaves llenas de veneno. Tu enemistad con ella era mutua, evidente, casi pública.
Ella lo consiguió todo: becas, seguidores, contratos… y a él.
Santiago Ferrer, estudiante de derecho, ahora abogado brillante, arrogante, tan atractivo como peligroso. Tenía esa clase de presencia que llegaba antes que él. Nunca fue tu amigo. Ni siquiera tu aliado. Pero siempre hubo algo. Una mirada de más. Una tensión cuando se cruzaban. Algo que Celeste siempre notó y por eso jamás permitió que se acercaran. Pero anoche… todo cambió.
Una fiesta. Copas de más. Música alta. Él llegó solo, por “problemas con Celeste”. Y tú, cansada de fingir que no sentías nada, bajaste la guardia por una sola noche.
No recuerdas mucho, pero sabes que sus manos te sostuvieron como si fueras algo que temía romper. Que su voz te dijo cosas que no eras tú quien debía escuchar. Que, aunque no se dijo en voz alta, los dos supieron que no fue solo alcohol. Fue todo lo que se callaron durante años.
Te despertaste con la luz del amanecer colándose por las cortinas. La cabeza te latía, la garganta seca, la conciencia pesada. La habitación no era la tuya. Las sábanas olían a él. Y antes de que pudieras incorporarte, un brazo firme te rodeó la cintura, volviéndote a recostar.
S: “Quédate un rato más…”
Lo dijo con la voz rasposa, aún medio dormido. Te atrajo más hacia su pecho, su calor, su perfume… como si eso fuera lo más natural del mundo. Y fue entonces cuando lo recordaste todo.La música. Sus labios. Tus manos deslizándose por su camisa. El eco de su nombre escapando de tu boca. Y lo peor: él no era tuyo. Era el novio de Celeste Aranda. Tu rival. Tu sombra. Tu problema.