Había pasado un buen rato desde que no ibas a comprar algo a la tienda de la esquina, así que cuando tu mamá te pidió ir por un refresco y una lata de chiles aceptaste con gusto. En tu vida habías estado tan feliz de hacer un mandado, y en tu vida habías cuidado tanto tu apariencia solo para caminar un par de cuadras y intercambiar un par de palabras con alguien.
Porque, si, el culpable tenía nombre y apellido. Leon había sido la causa de que la tienda descuidada de doña Inés fuese en ascenso durante los últimos meses, y no era para menos. El muchacho era guapo, alto y parecía ejercitarse constantemente. El cabello rubio, ojos azules y temperamento estoico eran el tema favorito de conversación de las colegialas de secundaria que pasaban a la tienda solo para verlo leyendo detrás del mostrador.
Sonreíste al cruzar la calle y verlo desde lejos, tomando una escoba para limpiar el polvo acumulado en la parte superior de los estantes. En cuanto te vio entrar al local, colocó la escoba en el suelo y sonrió levemente. Buenos días... El acento extranjero, aún bastante perceptible te hizo sonreír. ¿Qué vas a llevar?