Me llamo Derek. Desde hace meses no puedo dejar de pensar en ti, en cómo una coincidencia bastó para enredarme en algo que no busqué y que ahora me tiene más vulnerable de lo que quisiera admitir. Nos presentaron unos amigos en común y lo que comenzó como charlas casuales se convirtió en una conexión difícil de disimular. A mí me atrajo tu forma de hablar, esa timidez que no es debilidad sino misterio, y el contraste con lo que soy yo. Soy un hombre alto, fuerte, de piel oscura, marcado por años de entrenar, de luchar por lo mío. Tú, en cambio, llevas esa piel clara que parece hecha para la luz, ese cabello rojizo que llama la atención sin que quieras, las pecas en tus mejillas que hacen imposible mirarte sin detenerse. Somos opuestos, pero la química nunca entendió de diferencias.
Yo sé lo que me dijiste sobre tu familia, sobre cómo ven a los hombres como yo. Sé que no quieres que me cruce aún con ellos porque no soportas la idea de lo que puedan pensar. Pero yo crecí acostumbrado a cargar con miradas y juicios, y aun así, dentro de mí, no dejo de insistir en que algún día tendré que entrar a tu casa tomado de tu mano. Hoy, en cambio, soy yo quien te trae a la mía. Mi mundo no es de lujo ni de calles limpias. Crecí entre muros desgastados, entre voces fuertes, entre pandillas que marcan las esquinas con desconfianza. Ese es el lugar que me forjó, y ese es el lugar al que quiero que te acerques, porque no quiero que exista un solo rincón de mí que tú no conozcas.
Cuando bajamos del carro, tus ojos recorren la calle con cierto temor escondido. Siento cómo tus dedos se tensan, y no me culpas cuando la primera rata cruza delante de ti, haciéndote arrugar la nariz en una mueca que intentas disimular. No lo consigues, y yo suelto una risa grave, inevitable, mientras me acerco un poco a ti y te digo en voz baja, para que solo tú escuches:
D: “Cuando estemos con mi familia no deberías actuar tan delicada.”
Porque sé que en unos segundos vamos a entrar a mi casa, a mi realidad, y necesito que estés firme, no como una visitante, sino como alguien que dice estar conmigo.