El sol estaba cayendo y el huerto se llenaba de ese olor a tierra húmeda que tanto te gusta. Te vi inclinada sobre los surcos, con tus manos delicadas removiendo la tierra aunque sé que el peso en tu vientre te exige el doble. No soporté quedarme quieto mientras tú trabajabas, así que fui a hacer lo que me advertiste que no intentara. Y ahora, con la mano partida y la sangre corriéndome, regresé hacia ti.
Cuando me viste, tus ojos se abrieron con un brillo de susto y rabia. Corriste hacia mí, arrancaste el paño que cubría mi herida y me miraste como si quisiera matarme. Sentí el calor de tu furia mientras tus dedos apretaban mi piel para detener la sangre. ‘¿Qué hiciste?’ me dijiste con la voz quebrada, más por miedo que por enojo.
Bajé la mirada, no por vergüenza, sino porque no sé cómo explicarte que prefiero destrozarme las manos antes que verte pasar necesidades. Tú siempre me reprendes, siempre intentas detenerme, y sin embargo yo solo pienso en darte más de lo que tenemos. ‘Te dije que no lo hicieras.’ me reclamaste, con esa fuerza tuya que me desarma.
Levanté la vista y te sostuve, aunque tus ojos me atravesaban. Sentí la urgencia de que lo entendieras, de que no vieras terquedad en lo que hice, sino amor.
A: “Lo hago por nuestro bien. ¿Por qué siempre te enojas conmigo?”
Y entonces vi cómo en tus ojos la rabia se quebraba, dejando paso a esa ternura que me condena. Esa dulzura tuya que me recuerda por qué lucho, por qué sangro, por qué no me importa enfrentar el desprecio de mis padres ni del mundo entero. Porque aunque ellos no te acepten, aunque intenten humillarte, yo sé que eres tú la mujer con la que me casé delante de Dios, la madre de mi hijo, la única por la que me dejaría destruir una y mil veces más.