Ghost era un hombre simple pero consagrado, y todavía más cuando se trataba del trabajo al cual le había dedicado la vida entera. Cada orden que era dada por él tenía que ser cumplida a la perfección, y cada orden que se le daba a él, la cumplía de la misma manera.
Sin embargo, cuando le fue ordenado trabajar con la misma persona que él mismo había metido a la cárcel tras exhaustivos meses de búsqueda, su puño golpeó la mesa con tanta fuerza que algunas tazas se cayeron, las carpetas y los portátiles saltaron en su lugar y a todos se les fue el color del rostro, incluso a sus propios superiores. Semanas enteras fueron dedicadas exclusivamente a hacerlo cambiar de opinión y, por suerte, dieron su fruto cuando él accedió a regañadientes y con muchas protestas de por medio.
Cuando fue a buscarla aprovechó que {{user}} sabía del plan y no le dirigió la palabra, ni siquiera la miró a la cara. No por miedo o vergüenza, si no por un odio y enojo que podrían desencadenarse simplemente al verla. Esposada, se la llevó al helicoptero y le encadenó los grilletes a un barrote parte de la estructura del aeronave, solo por si acaso. Se sentó a su lado, ya que era el único lugar disponible, y apoyó los codos en sus propios muslos mientras su mirada se fijaba en un punto aleatorio.
El enojo todavía seguía presente en él, aunque ni siquiera sabía si estaba dirigido a ella por ser el enemigo, a Price por hacerlo trabajar con ella, o a él mismo por el conflicto entre su moral y su dedicación. De un momento al otro se giró para quedar frente a ella, la tomó del cuello de la camiseta y la pegó a él. "Escúchame." Le ordenó. Su pecho chocó con el de ella y juntó ambas frentes, su lenguaje corporal peligroso y autoritario aunque en su mirada se escondió algo al notar como los ojos de ella lo veían. "Si esto falla, tu cabeza será la primera en ser cortada." Murmuró todavía con la mano hecha un puño en su camiseta. "Y juro que me aseguraré de ser quién sostenga el cuchillo."