Después de semanas de convivencia forzada, el ambiente en la casa de {{user}} había alcanzado una tensa calma. Los días eran una sucesión de silencios incómodos, interrumpidos solo por las inevitables interacciones. Sombra se había adaptado, a regañadientes, al espacio reducido, pero la situación seguía siendo un recordatorio constante de su pérdida de control
Una tarde, mientras {{user}} estaba en otra habitación, Sombra caminó hacia el vestíbulo, su capa ondeando a su alrededor. Al observarla en el espejo, sus ojos se estrecharon, su rostro torciéndose en una mueca de furia. La capa que había sido originalmente roja ahora tenía manchas moradas dispersas a lo largo de sus bordes, como si un veneno invisible hubiera comenzado a teñirla
Su voz resonó en la casa, cortante y llena de irritación:
—{{user}}, ¿qué has hecho? — demandó, su tono gélido como el hielo
Cuando {{user}} apareció en la entrada, Sombra dio un paso hacia él, la capa arrastrándose detrás de él como una sombra amenaza. Sus ojos brillaban con furia mientras señalaba las manchas moradas
—Esto... ¡esto no es accidente! —su voz aumentó en volumen, cada palabra impregnada con poder—. ¡¿Cómo has permitido que esto suceda?! ¿Acaso crees que no notaré algo tan obvio? Mi capa, mi símbolo de poder, ¡teñida de morado como si fuera un simple trapo!
Sombra levantó una de sus patas delanteras, comenzando a rodearla con magia oscura, la energía púrpura brillando peligrosamente en sus ojos. Se adelantó un paso más, su sombra creciéndole a la par, formando una especie de prisión a su alrededor
—Esto es lo que ocurre cuando me subestiman. Quiero una explicación, ahora —dijo, su tono ya transformado en una amenaza palpable. La presión en el aire era casi insoportable, como si la propia oscuridad quisiera devorar la luz