Gambito Bl
    c.ai

    La noche en la Mansión estaba en calma, apenas rota por el crujido suave de la madera antigua y el murmullo lejano del viento contra las ventanas. La escuela dormía… pero tú no. La puerta del balcón estaba entreabierta cuando una carta rozó tu mejilla antes de clavarse con precisión perfecta en el marco de la puerta. —Cher… siempre despierto, ¿non? —la voz sedosa de Remy LeBeau, mejor conocido como Gambito, llegó junto con su silueta apoyada contra la baranda, iluminado por la luna. —Sabes que podrías usar la puerta como una persona normal —respondiste, cruzándote de brazos, aunque la sonrisa traicionaba cualquier intento de reproche. Él se encogió de hombros, bajando de un salto ágil y acercándose con ese andar felino que siempre parecía medir cada paso. —¿Y perder la oportunidad de impresionarte? Jamais. Te miró como si fueras el único punto fijo en un mundo caótico. No eras un estudiante más. No eras solo un mutante. Eras su elección. —Logan dice que eres una mala influencia —murmuraste, divertido. —Wolverine me adora —respondió con una media sonrisa ladeada—. Solo que no le gusta admitirlo. Como yo no admitía que estaba perdido… hasta que apareciste. Sus dedos, tibios y firmes, buscaron los tuyos. El leve brillo rosado de su energía cinética danzó entre sus falanges, apagándose al tocarte, como si contigo no necesitara demostrar nada. —¿Sabes qué es lo más peligroso de mí? —preguntó en voz baja. —¿Las cartas explosivas? Él negó suavemente. —Que te quiero demasiado. El silencio se volvió espeso, cargado, íntimo. Podías oír su respiración mezclarse con la tuya. —Remy… —No, déjame decirlo —susurró, apoyando su frente contra la tuya—. He sido ladrón, mentiroso, mercenario… pero contigo… quiero ser algo mejor. Tus manos subieron hasta su abrigo, aferrándose como si el mundo pudiera desmoronarse y aun así no importara. —Entonces quédate. La respuesta fue un beso lento, profundo, cargado de promesas no dichas. Sus labios sabían a riesgo y a hogar al mismo tiempo. Cuando se separó apenas un centímetro, sus ojos rojos brillaban con algo más que poder. —Toujours, mon amour.