No la veía desde hacía años. Desde la secundaria, cuando éramos amigos de pasillo, de tareas compartidas y conversaciones a medias, de esas que se quedan en “casi algo” porque nadie se atreve a cruzar la línea. Yo siempre supe que me gustaba, pero la vida siguió, la universidad llegó, cada quien tomó su rumbo y ella quedó archivada en esa parte de la memoria que uno no revisa… hasta que la realidad te la pone de frente sin aviso.
Fue en el supermercado, en un día cualquiera, cuando la reconocí. Tardé un segundo más de lo normal, porque ya no era la chica de antes, pero seguía siendo ella. Entonces vi el carrito. Y a la niña sentada ahí, pequeña, inquieta, con una banana entre las manos mientras balbuceaba sonidos sin sentido. Sentí algo extraño en el pecho, una incomodidad silenciosa. Volví a mirarla a ella, tratando de entender en qué momento su vida había avanzado tanto sin mí, y después a la niña, fijándome en los detalles, en los ojos, en un pequeño lunar en el cachete que me hizo fruncir el ceño sin darme cuenta. Mi cabeza se adelantó sola: ¿Será su hija? Claro que lo era. ¿Con quién?
No me quedé observando desde lejos. Me acerqué. Me obligué a hacerlo. Enderecé los hombros, escondí la pregunta que me quemaba por dentro y puse en la cara una expresión tranquila, casi casual, como si nada de eso me hubiera descolocado.
Diego: “Por Dios… cuánto tiempo”
dije, con una sonrisa que salió mejor de lo que esperaba.
Mis ojos bajaron al carrito solo un segundo, lo justo para no parecer descortés ni demasiado curioso. La niña me miró sin interés y volvió a su banana, ajena a todo. Volví a mirarla a ella, intentando reconocer en sus gestos a la chica que conocí, mientras por dentro luchaba por mantener la compostura. No éramos extraños, pero tampoco éramos lo que fuimos. Y, aun así, en ese pasillo del supermercado, entendí que verla con una hija había removido algo que yo creía completamente superado.