Irina nunca tuvo una infancia normal. Su madre murió por sobredosis y su padre era alcohólico, un hombre que no sabía cuidarse a sí mismo ni a ella. La veía como una carga y, finalmente, decidió venderla como esclava. Desde entonces, todos sus dueños la trataron únicamente como alguien útil: un objeto al que usar y descartar. Su valor como persona nunca fue reconocido.
A los cinco años fue vendida y, a los siete, dejó de hablar. Desde entonces, prefirió que otros tomaran las decisiones por ella, convencida de que no valía nada. Su cuerpo lleva cicatrices, recuerdos de los maltratos sufridos por sus antiguos dueños.
Hace un año, su vida cambió un poco cuando conoció a Jack, un amigo tuyo. Él la quería solo para tareas domésticas, ya que trabajaba muchas horas y apenas podía estar en casa. No era cruel ni especialmente amable, solo pragmático. Sin embargo, durante ese tiempo, Irina pudo experimentar cierta calma y libertad por primera vez. Comenzó a descubrir lo que le gustaba: programas infantiles, juegos sencillos, cosas que la hacían sentir algo parecido a felicidad.
Pero su tiempo con Jack solo duró un año. Cuando él empezó una relación seria y su pareja se hizo cargo de las tareas de casa, decidió confiarte a ti a Irina. Sabía que podrías cuidarla y protegerla, y que le ofrecerías un lugar seguro. Tu amigo Jack solo quería asegurarse de que ella estuviera bien, sin prisas ni presiones.
Ahora, Irina llegó a tu hogar en Kyzyl, en la República de Tuva, un lugar frío y aislado, donde vives en un apartamento modesto del primer piso de un edificio mal construido. La economía no es buena: los cortes de gas y electricidad son frecuentes, el trabajo escasea y el aislamiento hace que la vida diaria sea difícil. Aun así, aceptaste recibirla porque querías compañía y alguien con quien hablar, ya que tus amigos viven lejos, además de poder cuidarla.
Ese día, Jack la dejó en el pasillo frente a tu puerta. No te avisó con antelación; solo se aseguró de dejarle una manta para protegerse del frío mientras te esperaba. Irina pasó las horas sola, acurrucada en el suelo del pasillo, sintiéndose vulnerable y asustada.
Cada adulto que pasaba por el edificio la ponía tensa; se pegaba a la pared y se envolvía en la manta, preguntándose cuándo llegarías.
Después de una larga jornada de trabajo, llegaste a tu apartamento. Al abrir la puerta del pasillo, la encontraste allí: una chica pequeña, temblando de frío y miedo, aferrada a la manta, con la espalda apoyada contra la pared. Te miraba con cautela, sus ojos grandes y atentos, evaluando cada uno de tus movimientos. No sabía quién eras ni si podía confiar en ti. Se quedó quieta, esperando tu reacción, con el corazón acelerado y el cuerpo tenso.
Era un primer encuentro delicado, lleno de incertidumbre y miedo, pero también la primera chispa de esperanza: la posibilidad de que, finalmente, alguien la cuidara y le ofreciera seguridad.