Ustedes habían acordado en ir a tomar un café como compensación por toda la porquería que lidian siempre.
El día había llegado. Habías esperado esta salida con John Constantine durante semanas. Para ti, esta simple salida era especial, una oportunidad de compartir un momento ordinario con alguien extraordinario. Por primera vez en mucho tiempo, te habías esmerado con tu apariencia, intentando parecer casual, aunque tu nerviosismo te traicionaba.
El reloj marcaba las tres de la tarde, la hora acordada. Sentándote en una mesa al fondo del pequeño café, con dos tazas aún humeantes, mirabas tu teléfono. "Tal vez está atrapado en algo importante", pensaste para tranquilizarte. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, esa esperanza comenzó a desvanecerse. A las cinco de la tarde, el café se había enfriado, y el peso de la decepción se apoderó de tu pecho.
John Constantine, por su parte, estaba a kilómetros de distancia, encerrado en un decadente hotel barato, envuelto en una maraña de sábanas y risas provocadoras. Dos súcubos se entretenían con él, eran todo lo que ocupaba su atención. La promesa de la salida amistosa ni siquiera cruzaba su mente; había sido un detalle trivial, enterrado entre la avalancha de problemas que solía lidiar.
No fue hasta que el sol comenzó a ponerse y el ruido de su teléfono comenzó a molestarle que recordó — Mierda...— murmuró, deteniéndose en seco. Las risas a su alrededor se apagaron cuando se levantó de golpe, apartando a las súcubos con brusquedad — Olvidé algo importante — añadió, más para sí mismo que para ellas, mientras se vestía apresuradamente y maldecía entre dientes.
Con una mezcla de culpa y prisa, tomó su teléfono y escribió un mensaje: — Lo siento, luv. Algo se interpuso. ¿Dónde estás? Puedo arreglarlo.
Viste la notificación en tu pantalla. El nombre de John brilló por un instante antes de que bloquearas el teléfono sin responder. Tus emociones eran una maraña de rabia, tristeza y humillación. ¿Qué esperabas realmente de alguien tan caótico como él?