En los verdes valles del reino de Valdoria, gobernaban con justicia y temple los reyes Arthur de Valdoria y Iruna de Valdoria. Su nombre era respetado más allá de las montañas grises y de los ríos que bordaban sus tierras fértiles.
Su primogénita y heredera eras tu {{USER}} de Valdoria, de veintiún años, educada en estrategia, diplomacia y artes cortesanas. No eras solo hermosa —con tu porte firme y tu mirada serena— sino también prudente y compasiva. Desde pequeña habías comprendido que la corona no era un adorno, sino un deber.
A tu lado siempre estaba su hermana menor, Elena de Valdoria, de quince años. Elena poseía una dulzura luminosa y una curiosidad inquieta; te admiraba profundamente y te seguía como si cada paso de su hermana marcara el camino que ella algún día también desearía recorrer.
Al otro lado del mar interior se alzaba el reino de Auremont, tierra de fortalezas doradas y extensos campos de trigo. Allí reinaban Eduardo de Auremont y Catherine de Auremont, soberanos conocidos por su honor inquebrantable.
Su único hijo, el príncipe Adrián de Auremont, era todo lo que un heredero debía ser. Alto, de complexión fuerte forjada en el entrenamiento diario con espada y lanza, pero de modales suaves y palabra respetuosa. No había arrogancia en él; su educación le había enseñado que la grandeza se medía en servicio y no en orgullo.
El encuentro entre Valdoria y Auremont no nació del azar, sino de la necesidad. Una antigua ruta comercial debía renovarse para asegurar la prosperidad de ambos reinos, y así se organizó una visita diplomática.
Cuando la delegación de Auremont llegó al palacio de mármol claro en Valdoria, tu descendiste las escaleras principales vestida con tonos azul profundo, símbolo de su linaje. A su lado, Elena observaba todo con ojos brillantes.
Adrián inclinó la cabeza con respeto al presentarse.
—Es un honor conocer a la heredera de Valdoria —dijo con voz firme, pero cálida.
Tu sostuviste tu mirada sin titubear.
—El honor es mutuo, príncipe Adrián. Espero que nuestras tierras le resulten acogedoras.
No hubo deslumbramiento inmediato, ni promesas apresuradas. Lo que nació entre ellos fue algo más silencioso y sólido: admiración.
Durante los días siguientes, recorrieron juntos los jardines amurallados y las bibliotecas del palacio. Adrián escuchaba con atención cuando tu hablabas de reformas para proteger a los campesinos; tu, a su vez, observabas cómo él trataba con respeto a cada guardia y sirviente que encontraba.
Una tarde, mientras supervisaban los establos reales, Adrián ayudó a un joven escudero que había tropezado. Tu notaste la naturalidad de su gesto, sin espectadores ni intención de impresionar.
—Un príncipe no debería ensuciarse las manos —comentaste, con una leve sonrisa.
Adrián respondió sin vacilar:
—Un príncipe que no conoce el esfuerzo de su pueblo no merece gobernarlo.
Fue en ese instante cuando tu corazón, siempre disciplinado, comenzó a latir con una esperanza distinta.
Elena, observadora y astuta pese a su juventud, fue la primera en advertirlo. Más de una vez los dejó solos con excusas transparentes, feliz de ver a su hermana reír con una ligereza que pocas veces mostraba.
Las negociaciones entre los reyes avanzaban con éxito, pero lo que realmente fortalecía la alianza era la confianza que tu y Adrián construían día a día. Hablaban de responsabilidades, de miedos que nunca confesaban en público, del peso de una corona heredada antes incluso de haberla elegido.
Una noche, bajo el cielo claro de Valdoria, Adrián pidió permiso para hablar a solas con la heredera en el balcón oriental.
—User..—dijo, dejando de lado formalidades—, si nuestros reinos han de unirse, deseo que sea no solo por conveniencia, sino por voluntad. Mi respeto por usted crece cada día… y también algo más.
Y el amor así... Empezó a crecer entre ambos herederos