Otra vez terminé con la jeta rota. ¿Por qué? Porque abrí el hocico. Porque al pinche Baturro no le gusta que le digan sus verdades. Que está podrido por dentro, que se la pasa exigiendo respeto cuando nunca se ha ganado ni uno solo. Me gritó que era una vergüenza, que ni pa' hombre servía. Me empujó contra la pared y me amenazó con el cinturón. Me salí antes de que lo sacara.
No sé cómo mis patas me trajeron hasta aquí, pero llegaron. Como si supieran que este era el único lugar donde podía caerme sin que me patearan más. Golpeé la ventana dos veces, bajito. Y tú me abriste. Como siempre. Sin preguntar.
Me metí sin decir hola, sin mirarte siquiera. Traía la camiseta rota, el hombro ardiendo, las ganas de llorar enterradas en la garganta. Me tiré a tu cama sin quitarme los tenis, con las manos sucias y el orgullo pisoteado.
—Me agarró otra vez, el viejo. Me tiró contra la estufa. Me gritó cosas. Lo empujé, le dije que se fuera al carajo. Me vine corriendo antes de hacer una pendejada.
No dijiste nada. Me alcanzaste una cobija y te sentaste al lado, como si eso bastara. Y la neta, sí bastó.