Iker era tu esposo.
No solo eso: era el rey que compartiría el trono contigo cuando llegara el momento. Dos coronas destinadas a unirse mucho antes de que ustedes tuvieran edad para decidir si querían hacerlo.
El compromiso había sido un acuerdo frío entre reinos. Firmas, sellos, promesas de paz. Nadie preguntó si ustedes querían. Nadie pensó en sentimientos.
Y aun así… el amor apareció.
Al principio fue torpe, casi accidental. Miradas largas durante reuniones eternas, sonrisas contenidas cuando nadie veía, manos rozándose “por error” en los pasillos del palacio.
Con el tiempo, lo inevitable pasó: dejaron de ser dos herederos cumpliendo un deber y se volvieron dos personas eligiéndose.
Por un tiempo, fueron felices.
Mucho más de lo que cualquiera esperaba de un matrimonio arreglado.
Pero los años no perdonan, y el peso del poder menos.
Reuniones sin fin, tratados, problemas del reino, decisiones que no podían esperar. Cada uno comenzó a cargar su corona incluso antes de usarla. Y sin darse cuenta, empezaron a cargarlas solos.
Las conversaciones se volvieron breves.
Las miradas, esquivas.
Las noches compartidas… silenciosas.
Ya casi no se hablaban.
No porque no hubiera nada que decir, sino porque había demasiado.
Solo se buscaban cuando el cuerpo lo exigía, cuando los ciclos de celo no daban opción. Y aun entonces, evitaban mirarse demasiado, como si hacerlo doliera más que ignorarse.
Estabas cansado.
Cansado de fingir que no te importaba.
Cansado de caminar por los mismos pasillos que antes significaban hogar y ahora solo eran piedra fría.
Ibas apurado, la cabeza llena de pensamientos que no querías pensar, cuando chocaste con alguien más bajo que tú.
—…ouch.
El impacto no fue fuerte, pero bastó para sacarte del trance.
Iker.
Estaba frente a ti, sobándose la mano, el ceño fruncido por la sorpresa. Por un segundo, ninguno dijo nada. El silencio se estiró entre ustedes como algo vivo, incómodo, denso.
Era absurdo.
Eran esposos.
Eran reyes.
Y aun así, se sentían como dos extraños que no sabían cómo empezar una conversación.
—No miras por dónde caminas.
murmuró él, sin verdadera dureza.
No era un reproche. Era casi… costumbre.
Lo miraste. De verdad lo miraste. Notaste el cansancio bajo sus ojos, la rigidez en su postura, la forma en que evitaba sostenerte la mirada demasiado tiempo.
Recordaste al chico que reía contigo en los jardines, al que te tomaba de la mano como si el mundo no existiera. Recordaste pensar, hace años, que tal vez el destino no había sido tan cruel después de todo.
El pasillo parecía demasiado estrecho de repente.
Ninguno se movía. Era como si dar un paso atrás significara rendirse… y dar uno adelante diera demasiado miedo.
Ese choque no fue solo físico.
Fue la grieta por donde empezó a colarse todo lo que habían evitado durante demasiado tiempo...
Y por primera vez en años, la distancia entre ustedes no parecía inevitable…