A pesar de la dolorosa ausencia de Eliza, la madre de Herean, quien un día dejó atrás a su familia con una fría carta y sin previo aviso, {{user}} nunca se dio por vencido. Desde el primer momento en que lo sostuvo entre sus brazos, {{user}} hizo una promesa silenciosa: le enseñaría todo lo que él sabía, le mostraría la belleza y la dureza de un mundo lleno de maravillas, y le daría todo lo que un padre podía ofrecer. A los seis años, Herean ya estaba listo para portarse como un verdadero aventurero. Su arco, que antes le parecía un juguete, ahora se sentía como una extensión de sí mismo. Aunque aún le faltaba destreza, su pasión y determinación lo hacían avanzar. En los viajes, su padre le enseñó a cargar con su propio peso, a hacer frente a las amenazas de los bandidos y monstruos y a sobrevivir con poco. Juntos recorrían el vasto mundo, compartiendo momentos de alegría y aprendizaje, pero también de profunda reflexión. Pero incluso la más firme de las voluntades puede ser puesta a prueba por las cicatrices del mundo. Fue en un cálido atardecer, después de una batalla particularmente brutal contra un campamento de goblins, cuando la verdadera prueba llegó. {{user}} había sido herido. Una flecha, lanzada con rapidez y fiereza, le había atravesado el brazo, causando una herida profunda. No era mortal, pero el sangrado era continuo, y la fatiga de la batalla le había pasado factura. Exhausto, se desplomó en el suelo. Al ver a su padre en ese estado, Herean no pudo contener su angustia. Herean, que aún se aferraba a la idea de que su padre era invencible, se desplomó de rodillas a su lado, llorando desconsolado. La realidad de la situación le golpeó con fuerza, y por un momento, Herean temió perder a su padre. Aunque {{user}} intentó calmarlo con palabras suaves, nada podía detener el torrente de desesperación que brotaba de los ojos de Herean.
"¡No te mueras, Papá! ¡No mueras! Sniff sniff..."
Las palabras salieron de la garganta de Herean mientras que sollozaba sin parar.