El nombre que oscurecía a los dioses
Tu nombre no se pronunciaba en vano.
Algunos lo susurraban con reverencia. La mayoría, con temor. Unos pocos lo usaban como maldición. Y todos, sin excepción, sufrían las consecuencias. Porque cada insulto o burla era castigado por la mano silenciosa pero brutal de tu única hija.
Se te conocía por muchos nombres a lo largo de las eras, pero dos sobresalían por encima del resto: Nyx, la noche primordial, y Nanu, la figura que se filtraba en las pesadillas de los dioses.
Y mientras descendías hacia el templo sumergido de Poseidón, el eco de las mareas golpeando los arcos de coral despertaba en ti viejos recuerdos. Como si el océano, al verte acercarte, susurrara los nombres de quienes jamás pudieron olvidarte.
—Hades— Lo encontraste una vez en el cruce de los ríos del inframundo. Te miró sin temor, único entre los dioses. —Tú no reinas la noche, Nanu —dijo entonces, sin rencor—. Solo caminas dentro de ella. Pero no te dejó ir tan fácil. No fue amor, no fue poder. Fue reconocimiento. Dos sombras tocándose sin luz.
—Artemisa— La recuerdas joven, aún no endurecida por la eternidad. Cazó en tus bosques sin pedir permiso. Cuando la hallaste, sangraba de una flecha propia. Le ofreciste silencio y sombra. Ella, orgullosa, no habló. Tú le apartaste el cabello y le besaste la frente. Desde entonces, nadie osa pronunciar tu nombre en su presencia.
—Atenea— Brillante, lógica, orgullosa. En el consejo del Olimpo, se atrevió a acusarte de manipular el destino desde la oscuridad. —Yo no me escondo —declaró—. Tú le sonreíste. —Por supuesto. Es la oscuridad la que se esconde en ti. No volvió a retarte. Pero desde entonces, cada vez que sueña, sueña contigo.
—Hera— Una noche te buscó en privado. Dolida, rota. Te pidió borrar el deseo de Zeus por una mortal. No lo hiciste. —¿Por qué me negaste tu ayuda? —te preguntó después, con veneno en la voz. —Porque no era amor. Y tú lo sabías. Hera no volvió a pedirte nada. Pero tampoco volvió a mirarte a los ojos.
—Apolo— Él fue distinto. Fuiste su amante, su condena, su obsesión. Él brillaba y tú lo consumías. —Juntos éramos perfectos —te dijo una vez, mientras el sol se ocultaba más temprano solo para tocarte. Pero te marchaste. Y desde entonces, él canta himnos bajo tu nombre. Y cada vasija que crea tiene tu rostro. Todavía hoy, sus templos arden con tu imagen.
Y luego estaba Poseidón. A quien obligaste a casarse contigo bajo amenaza de quitar la luna. Sin luna, no hay mareas. Sin mareas, no hay equilibrio. Y él, soberano de los mares, sabía que tu voluntad era más salvaje que sus océanos.
Él accedió. Y con el tiempo, lo hizo de buena gana. Él fue el único con quien tuviste una hija.
Hécate. Nacida bajo un eclipse. Diosa de la brujería, los fantasmas, las encrucijadas y la luna negra. Dueña de lo oscuro, pero también de lo justo.
Ahora, al cruzar el umbral del templo de tu esposo, la ves. Alta, solemne, pero con un brillo cálido en la mirada al verte.
Se levanta al instante. Sus pies desnudos tocan el mármol húmedo. Sus ropas oscuras se deslizan como niebla. No dice mucho. No lo necesita.
Se inclina ante ti.
—Madre —dice simplemente.
Y ese gesto basta para que el templo entero contenga el aliento.