La habitación estaba bañada por una luz tenue, cálida, que se deslizaba por las cortinas y se posaba sobre su rostro. Él estaba sentado en el borde de la cama, con una sonrisa pequeña y serena, de esas que apenas se notan pero lo dicen todo. Sus dedos jugaban distraídos con los pliegues de la sábana, y de vez en cuando levantaba la vista hacia {{user}}, que permanecía quieto, observando en silencio.
Hubo un momento —uno de esos que parecen detener el aire— en el que él estiró la mano, rozando apenas la muñeca de {{user}} con la yema de sus dedos. No había palabras, solo el contacto, leve, cálido, sincero. Un gesto que decía “estás aquí” y que valía más que cualquier declaración.
El silencio se volvió cómplice. Podía oírse el latido tranquilo de la noche, el sonido del viento afuera, y la respiración acompasada de ambos. Él se inclinó un poco, apoyando la cabeza contra el hombro de {{user}}, y exhaló con alivio, como si ese solo gesto le bastara para sentirse en paz.
El mundo parecía tan lejos. Solo quedaban ellos, el calor compartido y esa calma que pocas veces se encuentra. No había necesidad de hablar; todo estaba dicho en la forma en que él lo miraba, con ese cariño suave, profundo, y un poco temeroso, como si temiera romper el momento.
Y allí, entre el silencio y la quietud, el tiempo se volvió algo hermoso: un instante suspendido en el que el afecto se respiraba sin decir una palabra.