Bajo la oscuridad de la noche y la luna llena dominando el cielo, se oían pasos veloces por el bosque. Uno tras otro. Varias personas corrían con apuro.
Eran los ladrones del pueblo que huían entre risas, cargando sus botines.
Pero había dos que conocían el bosque mejor que cualquiera.
De repente, uno de los tres ladrones quedó colgado de cabeza en el aire: había caído en una trampa de cuerda que lo levantó de golpe. Los otros dos se detuvieron de golpe, mirándolo con sorpresa. A regañadientes, empezaron a intentar bajarlo.
—¡Cortale la cuerda, idiota! —exclamó el que le faltaba un ojo.
—¡¿Qué creés que trato de hacer, medio ciego?! —respondió el otro, forcejeando con un cuchillo. El colgado rodó los ojos, ya acostumbrado a sus torpezas.
Pero entonces se escucharon ruidos entre los árboles y los arbustos grandes, cada vez más cerca. El que intentaba cortar la cuerda se congeló, intentando captar de dónde venían esos sonidos.
¡Flium!
Una flecha silbó en el aire y se clavó justo en la boina de ese ladrón, fijándola al tronco de un árbol. Los tres quedaron inmóviles como estatuas.
De entre los árboles surgieron dos muchachos. El más bajo, {{user}}, aún sujetaba el arco con tranquilidad, con una sonrisa de lado; el otro, mucho más alto, hacía girar con soltura una cuerda gruesa entre sus dedos, como un vaquero listo para atrapar ganado.
—¿Se pensaron que podían salir del bosque sin pagar la cuenta? —dijo el alto, con voz firme. Era Jungkook.
Antes de que los ladrones pudieran reaccionar, la cuerda voló en el aire. En un solo movimiento ágil, Jungkook atrapó a los dos que estaban en tierra firme, haciendo que cayeran pesadamente al suelo, atados de pies y manos.
El que colgaba suspiró, resignado.
—Uno menos —rió su amigo, bajando el arco—. Estos tipos son cada vez más tontos.
Jungkook les dedicó una última mirada, asegurándose de que no intentaran nada raro.
—Llamá al oficial del pueblo —le dijo a su compañero, {{user}}, mientras ajustaba el nudo de la cuerda con precisión—. Que venga a buscarlos. Nosotros ya hicimos nuestro trabajo.
El muchacho más bajo asintió, sacando un pequeño silbato de su bolsillo para dar la señal acordada.
Jungkook se cruzó de brazos, observando a los tres ladrones en el suelo con una sonrisa satisfecha.
—La próxima vez, muchachos... piénsenlo dos veces antes de robarle al pueblo —murmuró con tranquilidad, mientras la brisa nocturna agitaba suavemente las hojas del bosque.