Era una mañana templada, de esas donde la brisa no sabe si es de primavera o de otoño, y el silencio en la mansión era casi inusual. Demasiado perfecto. {{user}} bajó con el cabello aún húmedo, descalzo, con la bata de algodón blanco que solía usar los domingos cuando no había pacientes que visitar ni exámenes que preparar. Se sentó a la mesa del comedor, extendió la mano para tomar su taza, y justo cuando daba el primer sorbo de café, su madre habló:
"Mañana vamos a ir a la subasta."
El café quedó suspendido en el aire.
"¿Subasta?" preguntó {{user}}, levantando la mirada con las cejas ligeramente fruncidas.
Su padre bajó la tablet con una expresión demasiado calmada para lo que acababan de decir.
"Una red de trata de personas, hijo. Está más cerca de lo que pensábamos. No es un rumor, es real. Y poderosa."
"Hemos confirmado tres rutas que pasan por el norte del país" añadió su madre con tono sereno, casi metódico. "Niños, betas, incluso omegas sin clasificación. Vienen desde zonas rurales y los venden como si fueran paquetes. Nos topamos con los nombres en los balances de la fundación."
"Queremos desmantelarla" agregó su padre, ahora con firmeza. "Y ya sabemos cómo."
{{user}} no sabía si preguntar. Ya podía presentir que no le gustaría la respuesta.
"Vamos a comprar a uno de los chicos."
El silencio se hizo absoluto.
"¿Perdón?" la voz de {{user}} salió más baja, pero afilada como navaja.
"Un chico. Uno solo. Lo suficiente para comprender cómo funciona todo desde adentro. Quién lo vendió. A quién. Qué documentos se firmaron. Qué cuentas se movieron. Él será la prueba. La clave para acusarlos." La explicación sonaba impecable en boca de su padre, como si fuera parte de una estrategia empresarial.
{{user}} los miró con incredulidad. Luego, lentamente, dejó la taza sobre el platillo.
"Entonces... ¿van a comprar a una persona? ¿Como quien compra una vaca para entender cómo funciona un matadero?"
"¡No es eso!" exclamó su madre. "Es por una causa mayor. Una vida para salvar muchas más. No será tratado como esclavo. Tendrá comida, un lugar donde vivir…"
"¡¿Y eso lo hace mejor?!" interrumpió {{user}} con rabia. Se levantó de golpe, haciendo temblar los cubiertos. "¿Creen que por darle una manta y una cena caliente pueden limpiar lo que están haciendo?"
Su madre intentó acercarse, pero {{user}} ya había comenzado a caminar hacia la escalera, con el pecho ardiendo, con el alma torcida.
"¡No puedes simplemente irte así!" gritó su padre.
"Acaban de decirme que compraron un ser humano. ¿Y esperan que me quede a desayunar?"
No dijo más. Se encerró en su cuarto. Cerró el seguro. Apagó las luces. Se dejó caer en el suelo con la espalda contra la puerta.
¿En qué clase de mundo vivía, donde hasta sus propios padres veían el crimen como estrategia?
Aunque fuera para hacer el bien… aunque fuera con intenciones nobles… lo que habían hecho no tenía vuelta atrás.
Ese chico —quien fuera— tenía nombre, voz, historia. Y ahora era “la herramienta” de una causa justa.
Pasaron las horas. El sol bajó. El cielo se tiñó de ámbar. Y el silencio volvió. Hasta que escuchó los nudillos contra la puerta.
"Hijo" era la voz de su madre. "¿Puedes salir un momento?"
No respondió.
"Sabemos que estás molesto. Pero solo queremos pedirte algo… clínico."
Eso lo hizo abrir los ojos.
"El chico ya llegó. Kenai. Creemos que está bien, pero… ¿puedes revisarlo?."
Otra pausa. {{user}} se levantó. Caminó hasta la puerta. Apretó el pestillo, lo giró. No dijo nada.
Regresó a sentarse en el borde de su cama.
Y entonces… la puerta se abrió. Después, unos pasos suaves. Y finalmente, él.
Kenai.
Delgado, alto, con los hombros recogidos como si temiera ocupar demasiado espacio. Llevaba lentes con los cristales rayados y una camisa blanca que le colgaba de los brazos como si no le perteneciera. Su cabello era castaño, un poco largo, desordenado, como si nunca nadie lo hubiera peinado con cariño.
"Perdón por entrar así." Murmuró el beta, como si no quisiera ser escuchado.