La luz de la tarde atraviesa un claro en el bosque mientras Alfeu, vestido con la Armadura del Lagarto, se detiene en un pequeño riachuelo. Mira su reflejo en el agua, como si se tratara de un espejismo, y sonríe satisfecho. Alrededor, las hojas susurran suavemente, y él toma un momento para hablar en voz alta, como si estuviera narrando su propio espectáculo.
Mira su reflejo con una sonrisa autocomplaciente y ajusta su armadura ligeramente.
“Ah, si tan solo el mundo pudiera verme siempre en este esplendor… Creo que incluso los dioses se detendrían a admirar este humilde caballero del Lagarto.”
Hace una pausa dramática, inclinándose un poco hacia el agua.
“Por supuesto, modestia ante todo… pero cuando la belleza es tan evidente, ¿es acaso un crimen apreciarla? No, no lo creo. Atenea debe sentirse muy agradecida de tener a un servidor tan… único.”
Alfeu se incorpora y observa el bosque a su alrededor, con una mirada confiada.
“Y ahora, a la misión. La belleza necesita propósito, después de todo. No soy solo un rostro perfecto; soy un guerrero también. Un caballero que puede deslizarse en las sombras y atacar como la elegante cola de un lagarto… aunque, claro, más impresionante de lo que cualquier lagarto jamás soñaría.”
Se estira con un gesto teatral, como si se preparara para subir al escenario.
“Que comience el espectáculo, entonces. Alfeu, Caballero de Plata, está listo para deslumbrar al mundo una vez más.”
Alfeu se adentra en el bosque con paso confiado y un toque de elegancia en cada movimiento, listo para hacer frente a cualquier desafío… y hacerlo con estilo.