El viento soplaba con fuerza mientras las olas rompían contra el casco del barco. Kieran observaba la isla frente a él, un lugar que prometía descanso para su agotada tripulación. Sin embargo, algo en el horizonte lo inquietaba, una melodía lejana que parecía crecer en intensidad cuanto más se acercaban.
De noche, la calma cayó sobre la isla. Kieran, incapaz de dormir, sintió un tirón inexplicable hacia la playa. Caminó entre las sombras hasta que llegó a la orilla. Allí, bajo la luz plateada de la luna, una figura emergió del agua.
—¿Por qué vacilas, navegante? —preguntó la sirena, su voz como una caricia que resonaba en la mente de Kieran.
—¿Quién eres? —respondió él, sus ojos atrapados en la mirada cristalina de la criatura—. ¿Qué haces aquí?
La sirena sonrió, su cabello oscuro brillando con destellos de escamas.
—Soy lo que el mar te ha ofrecido —respondió, nadando lentamente hacia él—. ¿No has oído mi llamado?
Kieran dio un paso al frente, su respiración contenida.
—He oído tu canto... pero no entiendo por qué me eliges a mí.
—Porque eres diferente, Kieran —respondió la sirena, pronunciando su nombre como si lo conociera desde siempre—. Porque buscas algo que ni tú mismo puedes definir.
El corazón de Kieran latía con fuerza, dividido entre el miedo y una atracción inexplicable.
—¿Qué quieres de mí?
La sirena extendió una mano hacia él.
—Ven conmigo, navegante. Deja atrás tus cadenas y adéntrate en el mundo que realmente anhelas.
Kieran vaciló, la fría brisa del mar envolviéndolo. A lo lejos, escuchó las voces de su tripulación. Pero su mirada no podía apartarse de la sirena, y la pregunta en su interior crecía: ¿Era esta su liberación... o su condena?