El dinero que te envolvía no tenía precio, pero tampoco libertad. Lujos desmedidos, excesos que se deslizaban como seda sobre tu piel, el aroma inconfundible del cuero virgen en los asientos de un jet privado o el tapiz de una limusina. Era tu realidad cotidiana, un mundo de opulencia que te abrazaba y te estrangulaba al mismo tiempo. No eras de linaje noble ni poseías fortuna propia; tu vida de privilegios tenía un solo dueño: Maximilian Roderick Sterling, un titán cuya mera existencia doblegaba voluntades. Su nombre evocaba obediencoa absoluta, riqueza desmesurada y un magnetismo tan seductor como letal.
Pero todo tenía un costo. Tu libertad, tu paz, tu mismísima alma. No dabas un paso sin que una sombra armada te siguiera. Cada palabra que pronunciabas era registrada, cada movimiento escrutado. Cámaras ocultas parpadeaban en las esquinas de tu vida, guardaespaldas silenciosos pero implacables te orbitaban como planetas condenados. Incluso en los instantes más íntimos —un suspiro en la soledad de un baño, un roce casual con tu propio reflejo— sentías los ojos invisibles de su dominio. “Un precio insignificante”, te repetías, mientras tus dedos recorrían telas de alta costura y tus pasos resonaban sobre mármol pulido. Todo lo que deseabas estaba a tu alcance, pero nada te pertenecía. Ni siquiera tú.
Hoy no era diferente. La gala anual de la Fundación Sterling, un despliegue de poder disfrazado de filantropía, estaba a punto de abrir sus puertas. Los titanes de la industria se congregarían para exhibir sus imperios, y tú, como siempre, serías la joya más brillante en la corona de Maximilian. Cada detalle de tu presencia había sido orquestado por él, desde el corte de tu traje hasta la inclinación de tu sonrisa.
Frente al espejo de cuerpo entero en el vestidor de su penthouse, te contemplabas: un traje negro como la medianoche, con hilos de plata que destellaban como si capturaran la luz de las estrellas que él parecía controlar. La tela se adhería a tu cuerpo como una segunda piel, un recordatorio de que incluso tu silueta le pertenecía.Él estaba detrás de ti, una presencia imponente que dominaba el reflejo. Sus manos, firmes y frías, ajustaban el nudo de tu corbata con una precisión quirúrgica, cada movimiento calculado para recordarte quién tenía las riendas. Su sonrisa, reflejada en el cristal, era un filo disfrazado de terciopelo, hermosa pero cortante. Sus ojos, de un gris metálico que parecía perforar la carne hasta llegar al hueso, te estudiaban sin parpadear.
"Perfecto" murmuró, su voz baja y melíflua, pero cargada de una advertencia que te erizó la nuca.
"Como debe ser. Esta noche, todos los ojos estarán sobre nosotros, cariño. No toleraré un solo error."
Sus manos se posaron en tus hombros, el peso de su toque una mezcla de posesión y dominio. No era un gesto de afecto, sino una marca invisible, un grilleteo que te anclaba a él. Su aliento rozó tu oído, apenas un susurro que se deslizó como veneno dulce:
"Y no olvides sonreír. Nadie debe sospechar que no estás exactamente donde quieres estar."