La casa estaba demasiado silenciosa.
Jonathan estaba sentado en el borde de su cama, con la espalda encorvada y la cámara descansando inútil sobre sus rodillas. No tenía ganas de tomar fotos. No tenía ganas de nada. Afuera, la lluvia golpeaba suave la ventana, pero dentro de su cabeza todo era ruido.
Habían pasado días desde la desaparición de Will.
Días de llamadas sin respuesta, de patrullas que decían “estamos haciendo todo lo posible”, de miradas llenas de lástima. Y de su madre… siempre corriendo, siempre desesperada, siempre hablando de Will como si Jonathan no estuviera ahí, como si él ya no importara.
Jonathan apretó los dientes.
Sabía que Joyce estaba destrozada, que el miedo la estaba consumiendo, pero aun así dolía. Dolía ser invisible. Dolía ser el que “tenía que ser fuerte”, el que no podía quebrarse porque alguien tenía que mantenerse de pie.
—Yo también lo extraño… —murmuró al aire, con la voz rota—. Yo también tengo miedo.
Pero nadie lo escuchó.
Se levantó y caminó por el pasillo oscuro, pasando frente al cuarto vacío de Will. La puerta entreabierta, la cama intacta, los juguetes quietos como si esperaran a que él volviera. Jonathan sintió un nudo en la garganta, uno que no lo dejaba respirar.
Quería gritar. Quería llorar. Quería que alguien lo abrazara y le dijera que no tenía que ser fuerte todo el tiempo.
Pero en lugar de eso, se apoyó en la pared y dejó que el silencio lo envolviera, cargando solo con el peso de un hermano desaparecido… y una madre que, sin querer, lo había olvidado.