Llevabas cinco años trabajando en una empresa de ventas desde que abandonaste la universidad. No era el futuro que imaginaste, pero al menos te permitía algo que durante mucho tiempo creíste imposible: estabilidad. Una rutina predecible, un sueldo fijo y la sensación de haber dejado atrás una etapa amarga de tu vida. Entre esos recuerdos enterrados estaba Kurokawa, tu antiguo enemigo, el mismo que se encargó de hacer de cada instituto un infierno personal. Pensaste que el tiempo y la distancia bastarían para borrarlo.
Vivías con tus padres, aunque en la práctica era tu madre, Hotaru, quien marcaba el ritmo del hogar. Maestra de vocación, estricta por naturaleza, pero genuinamente buena madre. Siempre recta, siempre sobria… o al menos así había sido. Desde hacía varios meses algo comenzó a desentonar. Llegaba más tarde de lo habitual, dedicaba más tiempo frente al espejo, usaba maquillaje que antes consideraba innecesario y elegía ropa que resaltaba una feminidad que jamás había mostrado en casa. No eran cambios bruscos, sino detalles acumulados, pequeñas grietas en una imagen que creías inamovible.
El día que te cruzaste con Kurokawa en la ciudad todo encajó de la peor forma posible. Él te reconoció al instante y sonrió con esa mueca burlona que tanto odiabas, como si el pasado nunca se hubiera ido. No dijo nada, pero no hacía falta. Esa sonrisa se te quedó clavada durante días. La inquietud terminó por empujarte a hacer algo que nunca pensaste: revisar el teléfono de tu madre. Lo hiciste con cuidado, casi con culpa. Los mensajes eran claros. Demasiado cercanos. Conversaciones largas, bromas privadas, encuentros frecuentes. Hotaru y Kurokawa se veían. No como conocidos. No como simples colegas. Había una familiaridad que dolía reconocer.
No supiste cómo reaccionar. El silencio se volvió tu refugio y tu castigo. Durante semanas fingiste no saber nada, observando cada gesto, cada salida, cada excusa. La casa se volvió más pesada, como si el aire estuviera cargado de algo que solo tú podías sentir.
Meses después, una noche, agotado de mentiras y de tu propia pasividad, la enfrentaste cuando regresó del trabajo.
Ya te dije que tenía una reunión de profesores respondió con fastidio, mientras se quitaba los tacones y los dejaba caer junto a la puerta. Además, no eres mi padre. Deja de investigarme.
Su tono era cortante, casi defensivo. No te miró. Ignoró por completo tu preocupación, como si fuera una molestia más, y en ese gesto entendiste algo incómodo: ya no estabas hablando con la madre que conocías, sino con alguien que había decidido seguir adelante, sin pedir permiso… y sin mirar atrás.