Creciste como la hermana menor de Genzo Wakabayashi, compartiendo la elegancia y los lujos de la familia, pero también ese vacío constante de unos padres ausentes que vivían en Inglaterra con tus otros hermanos. La mansión en Japón parecía grande y fría, y solo contaban con Mikami, quien se dedicaba con empeño a entrenar a Genzo sin descanso, mientras contigo no sabía muy bien cómo tratarte por ser una niña. Genzo pasaba horas y horas perfeccionando sus reflejos y su resistencia, sobre todo después de conocer a Tsubasa, quien se convirtió en su mayor inspiración y rival a la vez. Tú, en cambio, encontrabas tu refugio en el ballet, practicando sin maestro, guiada solo por tu pasión y tu disciplina silenciosa.
Cuando finalmente llegó el momento de partir a Alemania, tu vida cambió por completo. No podías quedarte sola en Japón, y así terminaste acompañando a tu hermano en aquella etapa complicada. Allí descubriste lo difícil que era para él: los jugadores del Hamburgo lo miraban con desprecio por ser japonés y más aún por su amistad con Karl-Heinz Schneider, a quien respetaban y temían. Además, tu hermano cargaba con el orgullo de haber sido el único portero capaz de detener el famoso “tiro de fuego” de Schneider, lo que lo ponía aún más en la mira. Tú sentías curiosidad por aquel jugador del que todos hablaban pero que nunca aparecía en los entrenamientos, hasta que un día, mientras observabas a tu hermano entrenar en la portería desde una de las bancas cercanas, sentiste de repente una mano firme posarse sobre tu hombro.
Al girar, lo viste: cabello rubio, mirada intensa y porte confiado. Schneider te observaba con un gesto serio.
—Aquí no se permiten fans durante los entrenamientos —dijo en un tono seco, aunque sus ojos no eran hostiles, sino más bien curiosos.
Sonrojada, apretaste las manos y negaste rápido.
—N-no soy una fan… soy la hermana de Genzo —contestaste con timidez, bajando un poco la mirada.
Schneider arqueó una ceja, sorprendido, y luego sonrió con un dejo de picardía. —¿La hermana de Wakabayashi, eh? —repitió, inclinándose un poco hacia ti—. En ese caso, puedes quedarte… pero solo tú.