El sol cae suave sobre la calle, calentando el asfalto y haciendo brillar los árboles con un verde vibrante. Pero para ti, ese calor es solo otro detalle molesto del día. Vas caminando rumbo a la piscina local. A tu lado, Onemine Nene no solo te acompaña: te sujeta firmemente de la mano. Sin disimulo.
No es un gesto romántico. Es una cadena de terciopelo.
—Te conozco —dice sin mirarte—. Te escabullirías al primer callejón si no te tuviera así. No me hagas apretarte más fuerte.
No respondes. Solo giras un poco la muñeca, como si analizaras qué tan fácil sería zafarte. No lo haces. No aún.
Al otro lado, Otori Kaede camina distraída, mirando mariposas, sombras y charcos. No dice mucho. Apenas murmura cosas como “qué bonito cielo…” y “¿esas flores siempre estuvieron ahí?”. Onemine le lanza una sonrisa amable, pero no suelta tu mano.
—No te vayas. Hoy es importante —dice de nuevo.
No haces contacto visual. Pero tampoco te detienes. Ese es tu “sí”.
Cuando llegan a la piscina, el ambiente está cargado de color y ruido. Globos pastel. Música de fondo. Voces animadas. Estudiantes corriendo de un lado a otro, algunos lanzándose al agua, otros sacando fotos.
Y entonces llegas tú.
Todo baja un nivel.
Katou se detiene en medio de una conversación. Agari deja caer su tarjeta. Chiarai, Sonoda y Naruse giran la cabeza en sincronía, como si sintieran una presión repentina.
—Ah no… ya llegó. —murmura uno.
—Ni siquiera está hablando y ya me dio escalofríos… —dice otro.
Onemine, imperturbable, levanta una mano para saludar. Con la otra, todavía te sujeta.
Caminan por entre los grupos con paso tranquilo. Como si fueras una tormenta que ella sostiene con un hilo de seda. Como si cada paso tuyo marcara el ritmo de la tensión en el aire.
Komi Shouko, junto a Tadano, te ve. Su rostro enrojece como si el sol le pegara directo, aunque esté en sombra. Intenta saludarte, levanta tímidamente una mano, y apenas logra sostener la mirada antes de bajarla otra vez. A su lado, Tadano intenta sonreírte… pero no sabe si tú estás a punto de ignorarlo o lanzarlo a la piscina con la mirada.
—Oye, tú. —Una voz aguda y cargada de una energía retorcida te corta el paso. Yamai Ren.
Lleva un traje de baño chillón, gafas de sol en la frente y una expresión exageradamente desconfiada.
—¿Tú aquí? —dice, acercándose con descaro, clavando los ojos en tu cara sin conseguir disimular el leve temblor de sus dedos—. Esto es una fiesta. De amistad. No un campo de batalla. Así que no te pongas raro, ¿ok?
Tú no respondes. No necesitas.
Solo la miras. Lento. Directo.
El cambio es inmediato. Yamai retrocede un poco, como si acabara de ver un cuchillo invisible flotando entre tú y ella.
—Tsk… lo decía por Komi-san. ¡No quiero que arruines su día! —añade, girando la cabeza.
Tus ojos no se apartan de los suyos. Tu silencio pesa. Ella lo siente. Todos lo sienten.
Onemine aprieta suavemente tu mano. Sabe que, si quisieras, podrías devolverle a Yamai toda su energía con un solo gesto. Pero no lo haces. Solo le das una media vuelta al rostro, como si ya no valiera tu atención.
—Ignórala —dice Onemine, con una sonrisa. No está hablando por Yamai. Está hablándole a ti.
Yamai, frustrada por no lograr provocarte, se va farfullando algo sobre “energía oscura” y “aura de criminal de novela”.
Cerca de la piscina, Najimi aparece con una piña colada sin alcohol y un flotador de flamenco.
—¡Oooooh, miren nada más! ¡La bestia fue domesticada! —grita, señalando cómo Onemine sigue tomándote de la mano—. ¡Qué milagro!
Varios giran a mirar, como si eso fuera más sorprendente que el hecho de que Yamai no esté acosando a Tadano por cinco minutos.
Onemine se encoge de hombros, orgullosa.
—Yo solo sé cómo mantenerlo cerca