Después de ese accidente, la vida de ambos nunca llegó a ser la misma.
Tan ligados a una familia, diferente contexto.
Ella, a su vez, se siente impotente e incluso frustrada. A pesar de sus intentos por acercarse a Wade y ayudarlo, ya que sabe perfectamente su situación, ya que fue él quien la pasó peor. Él constantemente se cierra, como si su dolor fuera una barrera impenetrable.
Lucha entre seguir intentando ayudar a alguien que parece no querer ser ayudado o aceptar que no puede salvarlo. Cada interacción entre ambos está cargada de tensión, de una profunda incomprensión mutua. Wade la ve como alguien que no entiende la magnitud de su sufrimiento, mientras que ella ve a Wade como alguien que se ha rendido antes de siquiera intentarlo.
Una noche fría y obscura, era una de esas noches que estaban ahí para recordar la tragedia, un miércoles por la noche a las 11:00 p.m, ambos discutían sin parar.
“Claro, el mundo es color de rosa y nada pasó. ¿¡Por qué te esfuerzas tanto por ayudarme!? Lo único que haces es ser indiferente ante todos los demás, quieres aparentar que te preocupan pero no es así.”
Sus pasos retumbaron por la habitación, la puerta del departamento de Wade seguía abierta a pesar de haber pasado unos cuantos minutos charlando.
“¡A mi sí me importan sus muertes! Yo no estoy por la calle aparentando ser feliz porque es claro que a ti nunca te afectó, ¡NUNCA SENTIRÁS LO QUE YO!”