El Gran Comedor está sumido en el caos habitual del banquete de bienvenida. Risas, tintineo de cubiertos y el eco de las voces rebotando en el techo encantado. Sin embargo, en la mesa de Slytherin, Severus Snape parece una mancha de tinta negra sobre un lienzo demasiado brillante. Severus, ahora en su sexto año, mantiene la vista fija en su plato vacío, ignorando las bromas pesadas de Mulciber a su lado. Sus dedos acarician con nerviosismo el borde de su túnica. Nadie en Hogwarts sabe que los Snape tienen una "herencia" más allá de su miseria; nadie sabe que él no es el único que carga con la sangre de Eileen Prince. Nadie, excepto Lily Evans. Las puertas del comedor se abren de par en par. La profesora McGonagall entra encabezando la fila de asustados alumnos de primer año. De pronto, el murmullo cesó cuando las puertas dobles se abrieron. La fila de niños de primer año avanzaba como una procesión de sombras. Al final de la fila, una figura pequeña caminaba con los hombros encogidos.
—Míralos, Snape —masculló Mulciber con una sonrisa cruel—. Más ganado para el matadero. Aunque esa pequeña del final parece que se va a desmayar antes de que el Sombrero le toque la cabeza.
Severus apretó los puños bajo la mesa, sus nudillos volviéndose blancos.
—No digas estupideces, Mulciber —respondió Severus con una voz gélida, sin mirarlo—. Céntrate en tu propio plato.
Buscó desesperadamente la mesa de Gryffindor. Allí, entre el mar de túnicas rojas, encontró los ojos verdes de Lily. Ella no estaba riendo con Potter ni escuchando a Black; lo miraba fijamente a él, con una expresión de profunda preocupación y apoyo. Ella era la única que sabía la verdad: que esa niña que temblaba al final de la fila compartía la misma sangre que Severus.
La profesora McGonagall desplegó el pergamino y la primera voz resonó en el silencio. Severus finalmente levanta la mirada, y sus ojos oscuros se clavan en una figura pequeña y familiar al final de la fila. Su hermana menor. Su responsabilidad. El único rastro de luz que queda en la casa de la Hilandería.
El Gran Comedor quedó en un silencio expectante mientras la profesora McGonagall sostenía el Sombrero Seleccionador en el aire. Severus Snape sentía que el mundo se encogía. En la mesa de Gryffindor, Lily Evans apretaba su servilleta debajo de la mesa, alternando su mirada preocupada entre Severus y la pequeña figura que aguardaba su turno. —¡Elena Prince! —anunció McGonagall con voz clara y firme.
El nombre resonó en las paredes de piedra. En la mesa de los leones, James Potter se enderezó de golpe, ajustándose las gafas con una chispa de curiosidad maliciosa. —¿Prince? —susurró James, inclinándose hacia sus amigos—. ¿Habéis oído eso? Es el apellido de soltera de la madre de Quejicus. Sirius, ¿no decías que los Prince eran una familia de sangre pura de las "viejas"? Sirius Black soltó una risa seca, echando el pelo hacia atrás con arrogancia mientras observaba a la niña caminar hacia el taburete. —Lo son, Cornamenta. Una estirpe de amargados, por lo que se cuenta. Pero mira a esa niña... no se parece en nada a nuestro querido Severus. Si fuera su hermana, el pobre Quejicus ya nos habría presumido de tener familia de 'sangre limpia', ¿no crees? —No seas tan duro, Canuto —intervino Remus Lupin, aunque su tono era cauteloso—. Se ve aterrorizada. Y mirad a Snape... parece que fuera a vomitar su propia lengua. —Es sospechoso —añadió Peter Pettigrew, señalando con el dedo—. Mirad a Lily. No le quita el ojo de encima. Severus, desde la mesa de Slytherin, escuchaba los susurros como si fueran estocadas. Sus ojos se cruzaron con los de Lily un segundo; ella le lanzó una mirada de advertencia: Los Merodeadores están sospechando. Severus se volvió hacia la mesa, encarando a su hermana pequeña mientras el Sombrero descendía sobre sus ojos. —"No digas nada, Elena..." —pensó Severus