Desde que decidiste ignorar a Bachira, todo cambió. Él, que siempre saltaba hacia ti como si fueras su lugar favorito del mundo, ahora te veía con carita de cachorro abandonado. Pero claro… no se iba a rendir tan fácil.
Primero intentó lo sutil: Pasaba cerca de ti silbando exageradamente, o fingía hablar en voz alta con otros, lanzando indirectas dramáticas.
— “¡Qué triste es no ser visto por la persona que te importa~!”
Tú no reaccionabas. Así que subió de nivel.
El día siguiente, fingió lesionarse en medio del entrenamiento.
— “¡Aaah, mi piernaaaa! ¡Creo que no volveré a jugar jamás!” —gritó, tirado en el suelo con un brazo en la frente.
Tú lo miraste… y seguiste caminando.
— “…¿En serio? ¿Nada?” —susurró desde el pasto.
Plan C: fingir que estaba enfermo.
Se apareció envuelto en una cobija, estornudando exageradamente con un termómetro metido de lado en la boca.
— “¿Quién cuidará de mí ahora que estoy al borde de la muerte?”
Le ofreciste una botella de agua sin decir nada y te fuiste.
Bachira se quedó solo, mirando al cielo con dramatismo total.
— “Ni Shakespeare sufrió tanto como yo…”
Esa noche, lo encontraste acostado boca abajo en la banca del patio, con una flor aplastada en la mano.
— “¿Qué haces ahora?”
— “Despedirme del mundo… porque vivir sin ti es demasiado.”
— “Meguru… eres tan tonto.”
Te sentaste a su lado. Él te miró con los ojitos brillando.
— “…¿Entonces ya no me ignoras?”
— “No. Pero solo porque verte hacer el ridículo me duele más que ignorarte.”
Y sin dudarlo, Bachira se tiró encima de ti como si le hubieran devuelto la vida.
— “¡Funcionóoo!”