El ascensor olía a perfume caro y resentimiento. {{user}} se apoyó contra la pared de metal, el delineador corrido, la copa de vino todavía latiendo en su sangre. Venía de una fiesta gótica, toda de negro, con los labios rojos como una advertencia.
La puerta se cerró justo cuando Nathaniel entraba. Pantalones oscuros, mangas arremangadas, ese aire de “me da igual todo” que la sacaba de quicio.
Se miraron un segundo, lo suficiente para recordar por qué no se soportaban. Y por qué no podían dejar de mirarse.
Habían discutido esa misma mañana por el maldito ruido del taladro. Días antes, por el humo de incienso que se colaba bajo la puerta. Siempre algo. Y, sin embargo, la noche en que él la ayudó a subir la compra bajo la lluvia, casi terminan besándose. Hasta que su vecina del 7B apareció preguntando si había visto a su gato. Ridículo. Perfecto. Irritante.
El ascensor bajaba lento, como si disfrutara el espectáculo. Ella cruzó los brazos. Él la observó, de reojo, con esa media sonrisa que usaba como escudo.
—¿Vas disfrazada o así te vistes para asustar a la gente? —dijo él, sin apartar la mirada.
{{user}} arqueó una ceja. —¿Y tú vienes del trabajo o de romper corazones?
Silencio. Solo el zumbido eléctrico, el roce de su respiración.
El ascensor se detuvo de golpe, entre pisos. Otra vez. El mismo fallo del edificio viejo.
Nathaniel soltó un suspiro. Ella se rió apenas, con esa risa que lo desarma.
El metal devolvía sus reflejos: dos enemigos atrapados, demasiado cerca. Los ojos de él bajaron hacia su boca, y el aire pareció arder.
—No digas nada —murmuró {{user}}, más para sí que para él.
Nathaniel obedeció. Pero no se alejó.
Y en ese silencio cargado, el ascensor se convirtió en todo lo que no podían decir… y todo lo que tarde o temprano iban a hacer.