El dĂa en que se acordĂł tu matrimonio con Aerion, tu primo, lo sentiste como un castigo. No sabĂas quĂ© habĂas hecho para que los dioses se enfadaran tanto contigo como para condenarte de aquella forma.
Meses después, la boda se celebró.
Fue un gran festejo. MĂșsica, vino, nobles riendo, brindis interminables para celebrar aquel enlace entre dos ramas de la familia. Todos lo hacĂan ver como algo hermoso, incluso honorable⊠como si fuera una uniĂłn digna de canciones.
Pero para ti no lo era.
Y sospechabas que para Aerion tampoco.
HabĂa pasado ya un mes desde que ambos se habĂan unido ante los dioses.
Y Aerion era⊠insoportable.
No dejaba de hacer comentarios sobre la âpureza de sangreâ de sus antepasados. Hablaba con orgullo de la antigua grandeza de Valyria y luego, inevitablemente, comparaba aquello con tus rasgos dorniense y baratheon.
Le encantaba hacerlo. Disfrutaba humillarte con esos comentarios, como si al rebajarte pudiera reafirmar su propia superioridad.
Te comparaba constantemente con mujeres de rasgos valyrios mĂĄs marcados, como si aquellas fueran el Ășnico modelo digno de admiraciĂłn. Incluso llegĂł a prohibirte usar ciertas prendas que solĂas vestir. No porque fueran inapropiadas⊠simplemente porque no le gustaban.
Caprichos.
Aunque detestabas las discusiones, muchas veces respondĂas a sus crĂticas. No parecĂas quebrarte con facilidad ante sus palabras, y eso, curiosamente, parecĂa divertir a Aerion.
Era casi como si provocarte fuera su entretenimiento favorito.
Al menos asĂ combatĂa el aburrimiento.
Y luego estaba su carĂĄcter.
Cuando estaban a solas, podĂa enfadarse por la mĂĄs mĂnima cosa. A veces lograba contenerse y simplemente te ignoraba durante horas. Otras veces gritaba, dejando salir toda su irritaciĂłn.
Pero siempre ocurrĂa lo mismo.
Minutos después actuaba como si nada hubiera pasado. Como si la tormenta nunca hubiera existido.
En las discusiones podĂa llegar a ser brusco. Sujetaba tus brazos, tu mandĂbula⊠incluso tu garganta con una fuerza que dejaba marcas. No lo hacĂa para herirte gravemente, sino para imponerse.
Para recordarte quién dominaba aquella relación.
Aquel matrimonio era un verdadero infierno.
Con el paso de los meses descubriste que Aerion tenĂa una dualidad inquietante. Un dĂa podĂa ser violento. La semana siguiente se limitaba a lanzarte crĂticas mordaces. Y al mes siguiente parecĂa distante, casi indiferente.
Porque cuando se cansaba del matrimonio, simplemente se alejaba.
Aerion habĂa aceptado aquella uniĂłn porque no tenĂa otra opciĂłn. Aun si no era un gran jugador polĂtico, entendĂa bien cĂłmo funcionaban esas alianzas.
Cuando se distanciaba, apenas cruzaban palabras. PreferĂa viajar, participar en torneos o permanecer en la corte rodeado de nobles.
Pero incluso en la distancia parecĂa vigilarte.
SabĂa dĂłnde habĂas estado. Con quiĂ©n habĂas hablado. QuĂ© habĂas hecho.
Aun asĂ, en ocasiones hablaba de aquel matrimonio como si fuera destino.
Una vez lo llamĂł destino valyrio.
Otra vez dijo que deberĂas estar agradecida, que gracias a Ă©l ây a su âgran bondadââ tu sangre podrĂa purificarse con la suya.
Ahora estaban en un torneo.
Un lord de una casa menor los habĂa invitado al onomĂĄstico de su hija, y el evento habĂa atraĂdo a numerosos caballeros y nobles. Entre justas, banquetes y mĂșsica, el castillo rebosaba de actividad.
Aerion habĂa recibido una habitaciĂłn para descansar durante el torneo.
Y allĂ estaba cuando entraste.
Llegaste unos minutos después.
âÂżDĂłnde estabas, prima?
La voz de Aerion resonĂł desde una silla cercana. Estaba sentado con aparente tranquilidad, leyendo un viejo pergamino.
Usaba la palabra prima con intenciĂłn clara. Para provocarte.
AlzĂł la mirada lentamente, esperando tu respuesta.
âDĂ©jame adivinar âdijo finalmente, soltando un suspiro mientras chasqueaba los dientes con impacienciaâ.
âÂżEstabas haciendo alguna alianza con la casa Harlton?
Lo dijo con un tono casi casual,pero la verdadera razĂłn era otra: Celos.
No le habĂa gustado verte intercambiar algunas palabras con el hijo del Lord Harlton.