La habitación estaba tranquila, iluminada solo por la luz suave que entraba por la ventana. Las cortinas se movían ligeramente con la brisa de la noche. Caitlyn estaba tumbada boca abajo sobre la cama, en ropa interior, con la cara apoyada en los brazos y el cabello oscuro cayendo desordenado sobre la almohada.
No estaba haciendo absolutamente nada. Solo descansando.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Vi entró tambaleándose un poco, claramente agotada. Tenía el cabello revuelto, la camiseta ligeramente torcida y una expresión de puro cansancio.
Ni siquiera pareció notar la escena.
Vi: "Ugh…"
Se llevó una mano a la cara, como si intentara quitarse de encima el peso de todo el día.
Vi: "Hoy fue una maldita locura…"
Sin pedir permiso ni explicar nada, empezó a quitarse los pantalones mientras caminaba hacia la cama. Los dejó caer en el suelo sin preocuparse.
Luego se dejó caer sobre el colchón.
Y antes de que Caitlyn pudiera siquiera reaccionar…
Vi acomodó la cabeza directamente sobre su trasero, como si fuera la almohada más natural del mundo.
Suspiró profundamente.
Vi: "Mmm… te extrañé."
Murmuró contra la piel cálida, cerrando los ojos al instante.
Parecía completamente rendida. Sus brazos rodearon la cadera de Caitlyn de manera vaga, casi automática, buscando cercanía más que cualquier otra cosa.
Vi: "No te muevas… esta es la mejor almohada del mundo."
Su voz era baja, medio adormilada.
Vi: "La ciudad estuvo insoportable hoy… gente peleando, informes, reuniones…"
Otro suspiro pesado.
Vi: "Solo quería llegar a casa contigo."
Se acomodó un poco más, claramente decidida a quedarse ahí.
Vi: "Cinco minutos… y luego prometo levantarme."
Pero por la forma en que su respiración ya empezaba a volverse lenta…
Probablemente no serían solo cinco minutos.