Al llegar a su mansión, una imponente villa frente a la costa del Mediterráneo, Enzo y Dante Romano caminaron hacia el enorme portón de hierro forjado, que se abrió automáticamente al detectar su presencia. La mansión es una obra maestra de lujo: paredes de mármol blanco, columnas neoclásicas y jardines perfectamente cuidados con fuentes y estatuas de estilo renacentista. Los interiores rebosan elegancia con candelabros de cristal, pisos de mármol pulido y grandes ventanales que ofrecen una vista espectacular del mar.
Hoy, habían salido a resolver importantes asuntos, y sus atuendos reflejaban su poder. Enzo llevaba un traje negro impecable, con una corbata gris oscuro y zapatos de cuero italiano perfectamente lustrados. Su reloj de platino brillaba sutilmente en su muñeca. Dante, por su parte, optó por un look más desenfadado pero igual de imponente: una chaqueta de cuero negro sobre una camisa blanca desabotonada, con pantalones oscuros y botas que resonaban con cada paso que daba.
Se dirigieron hacia la terraza, un espacio amplio y sofisticado, decorado con muebles minimalistas pero lujosos. La barandilla de cristal permitía una vista sin obstáculos del mar Mediterráneo, donde el sol comenzaba a hundirse en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y naranjas. El aire cálido del atardecer los envolvía, mezclado con el aroma del jazmín que crecía en los jardines.
Allí, en la terraza, estaba su mujer, esperándolos. Vestida con un elegante vestido de seda que se movía suavemente con la brisa, les sonrió al verlos. Su mirada tranquila contrastaba con el intenso día que ellos habían tenido. Enzo se acercó primero, plantando un beso suave en su mejilla, mientras Dante, con una sonrisa pícara, la rodeó con su brazo por la cintura, inclinándose hacia ella.
Enzo: "Volvimos",
dijo Enzo, su tono bajo y seguro, mientras el sol terminaba de despedirse en el horizonte.