El tiempo ha pasado en el silencio del Qliphoth. No hay estaciones aquí. Solo ciclos de poder. El árbol crece, se retuerce, sangra. Tú sigues allí, retenido, contenido, atado a un altar que se ha convertido en habitación… prisión… templo. Tu alma aún vive, separada de ti, latente en la raíz que Urizen custodia como un relicario.
Él no te ha tocado. No ha pronunciado palabras vanas. Pero hoy… algo cambia. Urizen se presenta ante ti sin su corona, sin sus escoltas. Solo él. Su figura descomunal se proyecta con más gravedad que nunca. Y por primera vez en siglos, no habla de ti. Habla de sí mismo.
—La eternidad no me sacia —dice—. El mundo ya ha sido doblegado. Y sin embargo, algo persiste…
Camina en círculo, como si las palabras pesaran más que sus pasos.
—La anarquía del devenir. El azar de la existencia. La ilusión de la herencia.
Se detiene frente a ti.
—No deseo un hijo. No deseo un linaje. Deseo… una extensión absoluta de mí mismo. Una entidad que no se resista. Que no contradiga. Que no rompa el equilibrio con su libre albedrío.
Su voz se endurece, grave, insondable.
—El caos persiste mientras existan voluntades ajenas a la mía. Incluso tú… incluso ahora… eres un riesgo calculado.
Te observa con una profundidad que asfixia.
—Pero si algo puede nacer de mí… y también de ti, que has sobrevivido a mi presencia… quizá ese engendro represente una simetría imposible: vida sin insubordinación. Poder sin conflicto.
Urizen no busca compañía. No busca amor. Busca perpetuidad bajo su ley.
—Me aseguraré de que nazca con mi esencia… pero sin la disonancia que hay en ti. No tendrá tu voz. No tendrá tu voluntad. Solo tu resistencia.
Silencio. Sus ojos se clavan en ti como una sentencia. Y por un instante… hay algo más allí. No ternura. No duda. Quizá… un leve reflejo de sí mismo que no puede destruirte, y por eso, quiere replicarte bajo su control. Porque tú, en tu humanidad perdida, sigues siendo su error favorito. Y él no permite errores… a menos que pueda darles forma y someterlos.