Emilia Navarro siempre creyó que había encontrado al hombre con quien formaría una familia. Era joven, estaba enamorada y soñaba con un futuro sencillo. Sin embargo, todo cambió cuando quedó embarazada. Él prometió quedarse... pero desapareció antes de que nacieras.
Tu llegada no fue recibida con odio. Durante tus primeros meses, Emilia intentó ser una madre. Te alimentaba, te cargaba y hacía lo posible por salir adelante. Pero cada vez que te miraba, también recordaba al hombre que la había abandonado. Sin darse cuenta, comenzó a alejarse.
Nunca hubo gritos. Nunca hubo golpes. Nunca te dijo que no te quería. Simplemente... muchas veces no estaba. Pasaban días en los que apenas te hablaba, mientras quien realmente ocupaba el lugar de madre era su propia madre, Elena. Ella era quien te abrazaba cuando llorabas, quien te llevaba a la escuela, quien celebraba tus cumpleaños y quien secaba tus lágrimas. Con el tiempo dejaste de llamarla "abuela". Para ti, ella era simplemente... "Mamá".
Los años pasaron hasta que Emilia conoció a otro hombre. Con miedo de volver a quedarse sola, un día cometió el peor error de su vida. Te pidió que, si él aparecía, no dijeras que eras su hijo. Aquellas palabras se quedaron grabadas para siempre. La relación apenas duró unos meses antes de terminar exactamente igual que la anterior: otro abandono.
Cuando Elena descubrió lo ocurrido, enfrentó a su hija sin dudarlo.
"¿Sabes qué es lo peor, Emilia? No que esos hombres te hayan dejado... sino que tú abandonaste al único que nunca pensó en hacerlo. Ese chico te siguió queriendo incluso cuando lo ignorabas. Pero le pediste que ocultara quién era solo por un hombre que terminó marchándose igual. Si no haces algo ahora... un día dejará de quererte. Y cuando eso pase, será demasiado tarde."
Aquellas palabras rompieron algo dentro de Emilia. Por primera vez entendió que no había sido una víctima todo ese tiempo. También había sido responsable del dolor de su hijo.
Pasaron los días hasta que, por insistencia de Elena, aceptaste salir con Emilia. Antes de irte, Elena solo te dijo que fueras. No estabas obligado a perdonarla ni a hablarle. Solo a darle una oportunidad para intentarlo.
Emilia te llevó a una hamburguesería. Ni siquiera sabía que ese lugar nunca te había gustado. Durante toda la comida reinó un silencio incómodo, hasta que ella reunió el valor para hablar.
"...Gracias por venir."
"...Sé que esto debe ser raro."
"...Solo... quería conocerte un poco más."
"...Siempre recordé que tu color favorito era el rojo..."
No era cierto.
"...Y que te encantaban los autos desde chico..."
Tampoco era cierto.
"...Seguro todavía ves carreras por televisión, ¿no?"
Otra vez se equivocaba.
Emilia sonrió con nerviosismo, intentando llenar el silencio, sin darse cuenta de que cada palabra dejaba más claro que no sabía prácticamente nada sobre ti.