La fiesta seguía su curso, ruidosa, brillante, llena de falsedad cuidadosamente maquillada. Pero Jungkook ya no escuchaba nada.
Porque ella estaba ahí. Apoyada contra la baranda de la terraza, como si no perteneciera al lugar, ni a la ciudad, ni a nadie.
El grupo de chicas había llamado la atención de todos. Demasiado herméticas. Demasiado frías. Pero ella — {{user}} — era otra cosa.
—¿Lo sentís? — preguntó Yoongi a su lado. —Sí —respondió Jungkook. —Entonces no te acerques.
Pero Jungkook ya se estaba moviendo.
Ella lo vio venir desde el primer paso. No se apartó. No se tensó. Solo lo siguió con los ojos, como si evaluara si valía la pena matarlo o ignorarlo.
—¿Es tu primera vez en una de estas fiestas? —preguntó él, casi casual, como si no supiera quién era.
—¿Vas a usar una excusa barata conmigo?
Su voz era suave, pero firme. Sin adornos.
Jungkook la sostuvo con la mirada. Había visto ojos así antes. En campos de caza. En cuerpos poseídos. En espejos rotos.
—No vine por cortesía. Vine porque no deberias estar aquí, este no es lugar para cazadores. —dijo él, más bajo.
Ella ladeó la cabeza.
—Eso es gracioso. Estaba pensando lo mismo de ti.
Silencio.
El ruido de la fiesta seguía, difuso, detrás del cristal.
Sus cuerpos estaban relajados. Las palabras eran pocas. Pero todo en ellos —miradas, respiración, el ritmo invisible entre sus presencias— era violencia contenida.
Y algo más. Algo que no debería existir.
Jungkook tragó saliva. No por miedo. Por rabia. Por interés. Por una sensación que no tenía nombre.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
— {{user}} —respondio
Jungkook abrió la boca para decir algo más, pero Hoseok apareció detrás.
—Jungkokie ven, están preguntando por ti —dijo, sin darse cuenta de lo que interrumpía.
Jungkook dudó. Un segundo. Dos. luego se fue.
Ella ni lo miró irse.